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Pilar Garcés


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  • 01
    Septiembre
    2011

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    Venciendo a la señora Hitler

    Una de las líneas de investigación de los nazis consistió en enseñar a hablar, leer y escribir a los perros para contar con un pequeño ejército de canes espías que infiltrar en el bando enemigo, de los que nadie iba a sospechar si sabían mantener la boca cerrada y se escondían para hojear el periódico. Sin embargo, también en cuanto a extravagancias perdió la guerra Adolf Hitler, pues por su parte los Aliados planearon lanzar pegamento y serpientes venenosas desde aviones sobre Alemania, así como mezclar bombas con la fruta que llegaba a aquel país. Así lo explica Brian Ford, profesor de la Universidad de Cardiff en un libro llamado Armas secretas: Tecnología, Ciencia y la carrera para ganar la Segunda Guerra Mundial que recoge uno de los planes más rocambolescos y sutiles para acabar con el Führer: convertirlo en su propia hermana Paula, persona de humor más apacible que la versión masculina. ¿Cómo? Por la vía de suministrarle a hurtadillas hormonas femeninas que le bajasen los bríos, le atemperasen el carácter y mermasen su liderazgo. Transformarle en una mujer sin que se diese cuenta, una mujer que se rendiría antes.

    Un Hitler afeminado iba a ser más fácil de domeñar que el agresivo macho alfa que tenían enfrente, razonaron los servicios secretos británicos. El extravagante plan era plausible porque había agentes en el entorno del jerifalte que agregarían estrógenos a su comida sin demasiados problemas. Estas sustancias contaban con la ventaja de carecer de sabor, por lo que no serían detectadas por los probadores que cuidaban de su seguridad, algo que hacía inviable el uso de venenos. El resultado prometía ser lento, pero seguro, y al cabo de unos meses las enfervorecidas masas y todos los ejércitos germanos se iban a encontrar comandados por una dulce fraulein con pocas ganas de invadir otros países y menos ardor guerrero. Quien sí notaría la diferencia entre su marido y esa monada de nuevo dictador menos fogoso que le robaba las cremas y se probaba sus sostenes sería Eva Braun, pero siempre podría atribuirlo al estrés del frente ruso.

    El libro del profesor Ford no explica la razón última por la que se descartó la estrategia hormonal como arma de contención masiva del gran monstruo. Los estudios científicos sobre endocrinología y sexualidad humana estaban en una etapa aún incipente en aquellos momentos, pero tal vez sabían lo suficiente. Quizás valoraron el peligro incalculable que podía resultar de un Hitler premenstrual, alterado sin razón e impredecible en un día determinado del mes, a ratos deprimido y a ratos eufórico; un Führer al que le pegaba la llorera por cualquier noticia llegada de los campos de exterminio, pero de repente se acaloraba y presa de una actividad frenética le daba por ordenar todos los armarios del cuartel general y fusilar a todos los prisioneros; o se le metía en la cabeza probar las nuevas bombas contra Inglaterra ya mismo, y llamaba por teléfono a horas intempestivas a sus amigos Franco y Mussolini, y de ahí, ninguna idea buena podía salir. Y decidieron que era mejor enemigo malo conocido que enemiga de glándulas encendidas por conocer.

     

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