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Pilar Garcés


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  • 15
    Octubre
    2014

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    Todos quieren ser Pablo Iglesias

    Incluso quienes más despreciaron a Podemos se han rendido a la evidencia de la propagación de su mensaje. Y se aprestan a invadir los medios audiovisuales, las redes sociales y a relegar los asuntos muy conflictivos porque ven que el público en rebeldía se está organizando.

    El irresistible ascenso de Podemos en las encuestas de verdad, no en las que cocinan los fontaneros para que sepan igual que los guisos de la mamá del jefe, está teniendo un efecto bien curioso: la casta se ha puesto a imitar a Pablo Iglesias, el político revelación mediático, hiperactivo e incendiario. El socialista Pedro Sánchez se ha dejado caer por los programas de entretenimiento de las teles privadas como si fuera el padre del hijo de Chabelita Pantoja. Cuando llame al teléfono de aludidos de Sálvame con un buen mensaje ya será la bomba. El presidente balear José Ramón Bauzá se ha vuelto un antisistema, y desafía a los jueces que le han ilegalizado su decreto del trilingüismo, y se enroca a costa de lo más sagrado, la formación de los niños (los nuestros, claro, siempre son los nuestros), sin contar ni con el respaldo de los suyos. Nunca sabremos si Alberto Ruiz-Gallardón estuvo tentado de dejarse coleta para salvar el pellejo. Me parece curioso que la cavernícola de la ley del aborto haya constituido una amenaza más grande contra la mayoría absoluta del PP que la infame reforma laboral que ha dejado la clase media convertida en un erial. Por el motivo que sea, aplaudo la caída de uno de los peores ministros de la democracia.

    Pero no todos pueden ser Pablo Iglesias porque no han nacido para sentarse a escuchar al prójimo, debatir, rebatir y negociar en beneficio del bien común aunque sea con docenas de votaciones, para discutir en una tertulia, o en un parlamento, o incluso en la Moncloa. No se divierten en el toma y daca como el catedrático en Políticas, siempre en minoría absoluta porque es la amenaza fantasma. No les va la marcha de lo público y el consenso, son registradores de la propiedad intentando trabajar lo menos posible, caer bien a quienes tienen la sartén por el mango y mantener sus privilegios. ¿De verdad alguien se ha creído que todas esas personas que en Cataluña cogen sus paraguas y salen a la calle para exigir que les dejen hacer un referéndum sobre su futuro se van a conformar con una explicación que dice que una ley de hace tres décadas no lo permite? Ojalá fuera así de fácil, Mariano Rajoy. Ojalá se tratase de cambiar de canal si la película no te gusta, pero creo que esta vez vas a tener que currártelo un poco más. Tal vez piensen que los catalanes se olvidarán de su consulta quienes creyeron que el 15M eran cuatro saltimbanquis sin fundamento, y ahora convocan a sus militantes en múltiples asambleas y frecuentan las redes sociales para frenar el avance de Podemos. Avance que no se nutre de las palabras de un líder, o de las asambleas de la formación, sino precisamente de la falta de cintura, de imaginación y de buena voluntad de gobierno y comparsas en la oposición.

    Todos quieren ser Pablo Iglesias, pero les falta una condición indispensable para serlo: la falta de miedo. A perder la poltrona por la derecha, a convertirse en partidos irrelevantes e incapaces de vertebrar la alternancia por la izquierda. Sus contrincantes no se relajan, sólo aciertan cuando reculan y esa deriva el votante la nota. Y el telespectador. Están yendo un poco como vaca sin cencerro, que decía Pedro Almodóvar. Hacia dónde, ya lo dirán las próximas encuestas.

     

     

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