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Pilar Garcés


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  • 02
    Abril
    2014

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    Suárez, por comparación

    Las ostentosas honras fúnebres al primer presidente de la democracia española han culminado con un homenaje que me parece un error. Rebautizar el aeropuerto de Barajas con el nombre del político de UCD va a costar un millón de euros públicos que podrían tener un destino mejor.

    a dicen que los funerales son para los vivos, cosa que no tiene nada de malo. Una reunión en torno a la memoria de la persona querida alivia el daño de su pérdida, devuelve el sentimiento de pertenencia al grupo, consuela en definitiva. Tendemos a idealizar los años pretéritos compartidos con el difunto, pues los últimos suelen llevar la marca de la enfermedad o el deterioro. Tal vez es verdad que cualquier tiempo pasado fue mejor, creencia que por suerte nunca defendieron los alabados artífices de la Transición a la democracia. A mí, que aquel entonces me pilló niña pero no en la inopia, lo ocurrido en la despedida al expresidente Adolfo Suárez no me ha retrotraído precisamente a los días de Libertad sin ira y Habla, pueblo, habla, sino a un lustro antes. Un expresidente enterrado en una catedral con un ciento de curas concelebrando sus exequias, honores militares, hileras de coches oficiales depositando próceres en lugares reservados, toisones y grandes cruces. Esa es la nación que somos a día de hoy, ni centrista ni centrada, con una irresistible tendencia al boato y a la naftalina. La diferencia estriba en que no lo narramos en blanco y negro, sino en colores. Y que, preguntada la ciudadanía que aguarda para despedir a un político que se tuvo que ir a la fuerza porque lo echaron muchos de los que rezan sobre su lápida, la ciudadanía pudo hablar sin miedo.
       
    Reveladora esta encuesta que mostraban las televisiones, salvo las que, como el CIS, cocinan sus resultados hasta quitarles toda la sustancia. Casi unanimidad en resaltar la calidad humana del finado, por comparación a quienes hoy nos gobiernan. Su capacidad de diálogo, su talante conciliador, su esfuerzo, su valentía, su oratoria brillante, su elegancia. A su lado, el Gobierno actual y su aletargada oposición resultan decepcionantes. No debieron escuchar la voz de la gente quienes decidieron que la mejor forma de honrar la memoria de Adolfo Suárez consiste en bautizar con su nombre el aeropuerto de Madrid-Barajas, con un coste de un millón de euros. Creo que esta es la decisión que hubiera tomado Franco. Nuestro presente evolucionado y atento al bienestar de las personas demandaría más bien coger dicho montante y destinarlo a los enfermos de Alzheimer. La dolencia que incapacitó a Suárez, y que algunos se han resistido contumazmente a mencionar, dando rodeos a la “enfermedad neurodegenerativa” o a la “larga enfermedad” para silenciar un reto sanitario y social que tiene nombre propio y miles de apellidos. Para no decir que las familias se agotan y arruinan cuidando a sus allegados, que pasan años en listas de espera aguardando atención, que los fondos reservados a la dependencia se recortan mientras se despilfarra en pompas fúnebres y cartelería aeroportuaria. Qué miras tan cortas para homenajear a quien las tuvo largas.
           
    En efecto, Suárez por comparación. Él tuvo la suerte de contar con los medios económicos para vivir dignamente pese a su deterioro. Los 1,6 millones de españoles que también sufren Alzheimer merecen lo mismo. Dicen por ahí, que en sus últimos once años, el primer presidente de la democracia, el hombre que no se arredró ante el gran reto de devolver a sus conciudadanos la libertad, el político que no tomaba atajos en los asuntos importantes, se perdió a sí mismo. No tanto como le han perdido quienes dicen recordarle de la forma más facilona, ostentosa y superficial.

    Mira aquí todas la ilustraciones de Elisa Martínez para El Desliz

     

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