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Pilar Garcés


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  • 16
    Febrero
    2012

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    Sarko, devuélvenos el toisón

    No se veía nada igual desde que un tal Napoleón Bonaparte mandó a su hermano José a gobernar el asilvestrado sur de los Pirineos. Andábamos ocupados gastándonos lo que no tenemos en celebrar los 200 años de la constitución de 1812, La Pepa, con cierta frialdad, todo hay que decirlo, pues es un tema que a la inmensa mayoría le trae al pairo, cuando va y resucita a lo grande el espíritu de nuestra Guerra de la Independencia por mor de los muñegotes del Canal+ francés.

    Curro Jiménez cabalga de nuevo. Fuera gabachos de nuestras fronteras, incluidas las catódicas. Los vecinos se han permitido el lujo de bromear con nuestros deportistas y ciertos problemas con el dopaje que han sufrido algunos, ministro Wert dixit, y hemos sacado el trabuco nacional. En los tiempos de Pepe Botella teníamos a Fernando VII, que ha pasado a la historia como el rey Felón porque traicionó a todos y a todas, incluidas las Cortes de Cádiz que parieron a La Pepa, y que no era ilustrado pero al menos sí español. Hoy día don Juan Carlos arropa a los suyos y le dice a Rafa Nadal: “Esos de los guiñoles son tontos”.

    Y republicanos, majestad, no lo olvide usted nunca. No hace ni un mes, el propio soberano y un Mariano Rajoy de estreno agasajaban al presidente de Francia Nicolas Sarkozy haciéndole entrega del toisón de oro, la máxima condecoración de la corona, en un acto ceremonioso que acaeció en el Palacio Real por primera vez desde 1931 para darle más relumbrón. Parafraseando al Bigotes de Gürtel, otro puntal de nuestra democracia, los franceses encarnados en el marido de Carla Bruni eran los “amiguitos del alma” y sin su apoyo ETA aún existiría. ¿Dónde ha ido a parar esa admiración?


    Se han metido con nuestros campeones, cuyos patrimonios personales darían para contratar a todos los abogados en paro de esta piel de toro y preparar la querella más grande del mundo, que perderían sin lugar a dudas. Se han mofado de nuestros muchachos, hasta ahí podríamos llegar. El patriotismo consiste en ponerte la banderita rojigualda en la pulsera del reloj y en la cinturilla de los gallumbos, y también en hacer que todo un ministro envíe una carta del queja a Francia por un programa de una televisión privada que es una simple chorrada, una broma, un espacio para la ironía inteligente como los que teníamos en España hace lustros, antes de la era de la telebasura. Con el mismo ímpetu le podrían hacer un corte de mangas a Angela Merkel y sus directrices económicas machacantes, pero claro, habría demasiados frentes abiertos en nuestra diplomacia. No es que se hayan vuelto locos, sino que mientras nos dedicamos al zapping internacional no se habla de la reforma laboral, del paro y del desmantelamiento de la sanidad pública.


    Imagino el pasmo de los franceses al observar a El Algarrobo redivivo cogiendo por las solapas a los cómicos que osan mofarse de la relación (por desgracia innegable) de algunos españoles con ciertas sustancias. Ellos, que han inventado el periodismo satírico al que los corruptos temen más que a un nublado, con ejemplos maravillosos como Le Canard enchaîné y Charlie Hebdo. Ellos, que han hecho un arte de la desacralización de todos los tabúes y que disfrutan de una democracia sin intocables. Deben flipar viendo a nuestro gobierno de España comportándose como una panda de islamistas extremistas que protegen a su profeta de las burlas de los ilustradores occidentales. Ya que estamos de subidón, vayamos a por El Jueves y sus constantes chistes de Marichalar, y a por Carlos Latre, que imita el acento manacorí de Rafa Nadal de una forma hiriente, y luego a por Faemino y Cansado, que se chotean de Kierkegaard, que no es español, pero a lo mejor los daneses no tiene tanta testosterona y a nosotros nos sobra para exportar.
     

     

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