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Pilar Garcés


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  • 05
    Abril
    2012

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    Rosa María Calaf carga los tintes

    Siempre he tenido muy claro que el periodismo morirá por fuego amigo. Lo que no tiene tanto que ver con el suicidio como con el asesinato. La profesión con menos autoestima que existe se enfrenta a diario con detractores, riesgos externos, insolidaridad, predicciones de cataclismos que dejan chiquitos a los mayas, y con la molestia máxima: el autoflagelo inmisericorde. Tal vez por eso, por la costumbre de pensar lo peor de nosotros mismos, quienes escucharon en directo al entrenador del Sporting de Gijón, Javier Clemente, decirle a un reportero que le había preguntado por su sistema táctico “usted ha tenido un hijo, ¿no? Pues a su hijo le diremos lo que es su padre, un sinvergüenza. Usted es un maleducado y encima es más tonto que un saco de piedras” no reaccionaron como el público de un estadio, con una buena pitada o largándose de allí detrás del colega insultado. El técnico, que además había perdido el partido, circunstancia ciertamente opacada por la matanza posterior del mensajero, seguirá convocando ruedas de prensa y comportándose como un bocazas de primera o quién sabe, de segunda.
       
    Nuestros mitos periodísticos se van jubilando y eso es malo porque nos quedamos sin el gusto de leer/escuchar sus crónicas, y eso es peor porque disponen de un montón de tiempo para pronunciarse como el oráculo de Delfos, como si la historia de los medios de comunicación se hubiese detenido y después de ellos sólo quedase el caos. La veterana Rosa María Calaf nos ha encandilado con sus crónicas en Televisión Española desde medio mundo durante 38 años, y ahora, puede que fruto del jet lag, ha afirmado en el portal de la revista Vanity Fair que “Sara Carbonero le hace un flaco favor a la mujer y al periodismo, pues frivoliza la imagen de la mujer y contribuye a que la apariencia sea más importante que el contenido”. He ahí una crítica extraña por proceder de una profesional que cuidó en extremo su aspecto, que nos regalaba numerosos planos de sus flequillos de colores, y de sus echarpes, y de su hermosa colección de complementos étnicos, y que sabe perfectamente que en su medio, el audiovisual, siempre se ha dado preponderancia a las personas guapas, desde David Cantero a Ana Pastor, desde Hilario Pino a Iñaki Gabilondo o Rosa María Mateo. Bellos y listos, que no son condiciones excluyentes como también demostró Letizia Ortiz (de lo contrario fue ejemplo Alfredo Urdaci).   

    Sara Carbonero fue acusada de distraer desde la banda a su novio Iker Casillas y poner en riesgo un Mundial de Fútbol que al final ganó España. Esta chica es una plaga, jo. Nadie se disculpó con ella cuando la realidad contradijo los funestos pronósticos, y nadie lo hará ahora que la han sacado a la palestra sin venir a cuento para encarnar lo que hay de malo en el periodismo. Que es la prisa, la falta de medios, los sueldos ridículos, la escasez de formación, el bloqueo de las fuentes por parte de los poderes públicos, la carencia de rigor, la falta de transparencia, el mangoneo de quienes asisten a los políticos, la escasez de agilidad de los medios para la reconversión tecnológica, el olvido de la ética, los compromisos y un largo etcétera. Se me ocurren mil males que acechan a la labor informativa, pero claro, si dices ‘Sara Carbonero’ un titular malo se convierte en bueno. Todos los ojos se vuelven hacia ti y de eso se trata, ¿no? De captar la atención aunque sea con la injusticia de identificar a una compañera con una mamachicho.
     

     

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