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Pilar Garcés


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  • 17
    Mayo
    2012

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    Romney el travieso

    Puede que si los electores norteamericanos deciden cambiar de tercio tengamos un líder del mundo libre con un sentido del humor como mínimo desconcertante. Acostumbrado a dirigir con aplomo la primera potencia y cualquier debate de enjundia, el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, ha introducido en la campaña electoral un tema peliagudo que solo puede traerle conflicto: la cobertura legal del matrimonio homosexual. Pero él no es de los que se esconden detrás de sus ministros o de algún vetusto alto tribunal que decida en su nombre, como nuestro presidente Mariano Rajoy, que ya se está mereciendo un Oscar al mejor actor secundario. Obama dijo que en su proyecto político “no importa cómo seas, no importa tu apellido, no importa a quién ames” y se ha liado parda en un país que ha rechazado en 28 referendos de distintos estados la legalización las uniones entre personas del mismo sexo. Sólo una minoría de población blanca avala las familias homoparentales, y más de la mitad de los negros y los latinos no quieren ni oír hablar de los gays por principios. Pero quien un día fue un candidato improbable a ocupar la Casa Blanca por mor de su color de piel no ceja. Incluso ha obligado a su más que probable oponente, Mitt Romney, a pronunciarse y de paso a compartir con sus conciudadanos una “travesura” que protagonizó en sus años escolares.
       
    Imagino a los asesores del aspirante republicano con los vellos como escarpias (todos menos el consejero homosexual que se largó hace unas semanas porque no soportaba el ambientillo cuartelario en el cuartel general del partido) al conocer dicha anécdota del pasado de un candidato de arraigadísimas convicciones cristianas como mormón modélico que es, aunque no polígamo. Y al leérsela bien documentada en The Washington Post, no tuvieron otra que obligarle a salir a la palestra para hacer un comentario que suavizara el impacto. Resulta que Romney y otros cuatro compañeros de instituto dieron una tunda y cortaron el pelo a un compañero del que sospechaban que era homosexual. “Yo participé en un montón de bromas y travesuras en el instituto y algunas pueden haber ido demasiado lejos, y por eso me disculpo”, se defendió. “Fue hace mucho tiempo”, y “si hay algo que dije que fuera ofensivo para alguien ciertamente lo siento”, agregó incómodo. ¿Bromas? Pues vaya con el gracejo  republicano. Tiemblo al pensar que pueda poner a prueba sus artes para la chacota en Irán, o en Gaza, o en Corea del Norte.
       
    Romney, que defiende el matrimonio “por definición como la relación entre un hombre y una mujer” aclara sin embargo que dos personas del mismo sexo “sí tienen derecho a vivir juntos, a tener una relación amorosa e incluso a adoptar un niño”. La diferencia es simplemente semántica, que no se denomine a eso matrimonio, ni tampoco familia. Apurando el concepto, y como dice el famoso chiste, dos paisanos del mismo sexo pueden dormir después de comer, pero que no lo llamen siesta. Yo añadiría más, cinco energúmenos de pelo en pecho pueden tirar al suelo y patear a un chaval indefenso, y rasurarle y hacerle befa por su orientación sexual, pero que no lo llamen “travesura”. Hay otros conceptos que “casan” mejor con el comportamiento del candidato conservador a dirigir el mundo libre, ahí los dejo: “escarnio”, “agresión”, “brutalidad”, “homofobia”, “discriminación”. O “bullying”, acoso escolar, un concepto muy lamentable que hemos importado de su idioma.

     

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