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Pilar Garcés


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  • 01
    Marzo
    2012

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    Revisando el concepto de tesoro

    Qué tiempos aquellos en que si el gobierno andaba corto de liquidez mandaba un mensaje a ultramar y hacía enviar a la corte unos cuantos cargamentos de monedas. Qué lejos quedan los años en que podíamos exprimir a los habitantes de las colonias. Hoy día, Colonia es una ciudad que queda cerca de donde vive la temible Angela Merkel, que tiene una pizarra con un gráfico de nuestra economía en picado y un látigo con la palabra déficit grabada en el mango. Fuimos un imperio, rayos y centellas. Hoy día, lo más parecido que tenemos a dominar el mundo es Zara. Sin embargo, llevamos un par de semanas en regresión hacia épocas gloriosas, nos estamos reivindicando desde la manera que se nos da mejor: el autoengaño y la revisión de nuestra historia, desde el totalitarismo franquista al liberalismo fraguista. Viva España, que nos venimos arriba. Hemos recuperado el honor y la majestad, y en un par de meses de remendar enciclopedias habremos ganado la batalla de Trafalgar, que lo sepan los ingleses. Después de dos siglos de humillaciones y un juicio de una década hemos recuperado el tesoro de la fragata Nuestra Señora de las Mercedes, hundida en 1804 en las costas de Cádiz tras un ataque británico. 595.000 monedas, la mayoría de plata y alguna de oro, que una empresa norteamericana expolió del fondo del mar. Se creían muy listos. Ellos tienen la tecnología, pero nosotros hemos contratado abogados. Y nos han devuelto 17 toneladas de metal herrumbroso que ha vuelto a casa con más pompa que la final del concurso de drag-queens del carnaval de Las Palmas.
    Mi tesooooooro, dice el ministro de Cultura José Ignacio Wert con cara de Gollum satisfecho. Pero los españoles que hemos vuelto a hacer croquetas con las sobras y a veranear en el pueblo no lo tenemos tan claro. Dudamos de la ventaja de una posesión cuyo valor resulta incalculable, pero cuyos gastos de conservación y gestión sí pueden contabilizarse: tras abonar la minuta de los letrados y los gastos de desplazamiento de los dos aviones Hércules del Ejército desde Florida, pagamos la vigilancia del contenido de las bodegas de La Mercedes hasta que se instale en lugar secreto, para que un equipo de expertos lo inventaríe, restaure, limpie y clasifique. Cuando la ingente labor de años acabe, irá a unos cuantos museos para integrar la exposición más aburrida del mundo: un montón de monedas iguales. Francamente, no sé qué clase de negocio es éste en tiempos de crisis y cierres de hospitales. Me siento como si de la herencia del tío abuelo me hubiera correspondido ese armario alacena de dos cuerpos que no entra por la puerta del piso, y como es antiguo y no desmontable lo tengo que meter en un guardamuebles y apoquinar el alquiler mensual. Orgullosa propietaria de una antigüedad onerosa.

    La confusión reside en llamar tesoro a algo que no lo es, dijo un experto de la Guardia Civil en la radio: se trata de nuestro patrimonio subacuático. Contestaba así a la petición unánime de los consultados por la emisora de coger esas monedas y convertirlas en lo que siempre fueron: dinero. Dinero público con el que pagar las calefacciones de las escuelas. Escandalizado, el oficial decía que no, que es una cuestión de prurito, historia y cultura. ¿Cultura? Me troncho, esa parte de nuestra existencia está más hundida que la fragata de marras. Sólo nos cabe esperar que en los sótanos del Prado no encuentren doscientas nuevas copias de La Gioconda, que haya que limpiar y restaurar. Sería bonito hacerles la competencia a los franceses con una Mona Lisa en cada museo provincial español, pero no sé si nos lo podemos permitir.
     

     

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