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Pilar Garcés


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  • 01
    Diciembre
    2011

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    ¿Qué es un rey para su yerno?

    Hay cosas de las que no hablamos. He ahí un precepto de cualquier guión de terror. Hay casas de las que no hablamos. Peor me lo pones, ahí ya sonamos a escalera que cruje, desván con muertos en el armario e incautos masacrados cuando menos se lo esperan. Pero estamos en el mundo real, de manera que aquí nada comentamos sobre la Familia Real, que a su vez ha hecho del "no hay comentarios" un estilo de vida y una tradición imperecedera. En un momento en que se recorta la inversión en hospitales y geriátricos, se bajan los sueldos de los trabajadores públicos y se arremete con crueldad vengativa contra las artes y las ciencias, nada nos han dicho de una posible merma del presupuesto destinado al sostenimiento de la jefatura del Estado y aledaños. Tema tabú, aunque a costa del contribuyente. Resulta como de mal gusto parlotear sobre dinero y corona, incluso en estos tiempos en que soportamos 30 minutos de información económica en el Telediario sólo para que nos entre sentimiento de culpa y miedo, en plan "de este tsunami tienes la culpa tú por comprar a plazos". Ignoramos si a los escoltas del monarca les han mermado la paga extra. No sabemos si los limpiadores de La Zarzuela se han ido al paro y ahora hay baños cerrados en Palacio como en el metro de Palma. Conocemos que Letizia repite vestidos para ahorrar porque lo explica Hola! a bombo y platillo, y con ese dato nos damos por satisfechos. Algunos sostienen que una república resultaría más cara, pero dichas afirmaciones están basadas en números opacos y suposiciones, así que sólo podemos elucubrar.

    El silencio como banda sonora de la eternidad. No digas nada y así no meterás la pata. Pese al anacronismo de la institución monárquica, los tiempos han cambiado y ahora ya no existen cosas de las que no se habla. Culpa de internet y de las redes sociales, que no atienden a razones de Estado y exigen respuestas ahora y aquí. No basta con abrir una web en la que no se cuenta nada, y no basta con esperar que los asuntos espinosos caduquen. Por eso parece razonable algún pronunciamiento sobre el asunto Iñaki Urdangarin más allá de "no hay comentarios" desde su familia política. La policía rastrea contratos dudosos con instituciones de toda España de empresas del esposo de la infanta Cristina; hay testimonios bien poco edificantes de gestores públicos que, afirman, se vieron obligados a hacer negocios con el duque de Palma porque presuntamente consignó como un activo su parentesco borbónico. El aludido se despachó hace un mes con un par de líneas ("preparo mi defensa") y la revista Diez Minutos le sacó en portada con rostro compungido. Y después, nada. Resulta ridículo el empeño por dar sensación de normalidad cuando no la hay. Hace dos días, don Juan Carlos recibía a los niños ganadores del concurso nacional ´¿Qué es un rey para ti?´ cuando la gran pregunta es ´¿Qué es un rey para su yerno, señor?´

    Algo tendrán que decir. Algo que no sea muy complicado ni comprometa a la institución, que ya está muy comprometida por cuenta de uno de sus miembros. Por su propia boca, o por la del implicado. Algo con sentido común, una explicación, una disculpa, un gesto de pesar, un movimiento en el tablero, o la verdad a secas. Porque ya no hay intocables. Se ha acabado el estado del bienestar, no hay pasta para pagarlo, y eso sirve para todos. Incluso para los que saben quedarse callados.

     

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