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Pilar Garcés


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  • 02
    Junio
    2011

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    ¿Para qué sirve una plaza?

    Hace un par de meses, me enterneció mucho escuchar al consternado alcalde socialista de Olot, que a día de hoy no sigue en el cargo. Le preguntaban por la huella en la localidad de dos crímenes múltiples tan horribles como fueron el envenenamiento de once ancianos en una residencia a manos presuntamente de un celador, y la matanza de cuatro personas a tiros de escopeta perpetrada por un hombre que se acababa de ir al paro. El primer edil relataba con la voz rota su absoluta incomprensión ante esta oleada de violencia extrema. "No lo entiendo. En esta ciudad nos hemos esforzado para diseñar espacios comunes, lugares de convivencia donde los vecinos se puedan relacionar en armonía", vino a decir. Me gustó ver que un prócer consideraba el Urbanismo como la herramienta básica para construir la vida social, más allá del cemento extendido sin ton ni son, y no como una mera forma de hacer negocios casi nunca limpios. Dos rayas rojas en el plano municipal, y a cobrar. Me maravilló que sintiese tanta responsabilidad sobre los contornos físicos de su polis, y que fuera tan consciente de que la fisonomía ciudadana influye enormemente en el comportamiento y la felicidad de las personas. Me pregunto qué pensaría el alcalde de Olot al ver a los Mossos d´Esquadra cargando con toda la furia del mundo contra los acampados del 15M en la plaza de Catalunya de Barcelona, desalojando a golpes a quienes han ocupado pacíficamente un rincón cuya única función en la retícula urbana es precisamente servir como lugar de reunión. Una vergüenza que va a salir gratis a sus autores.


    ¿Para qué narices sirve una plaza? ¿Para qué las hacemos, las pagamos, las cuidamos y las vigilamos? ¿Para qué las queremos? ¿Para que los negocios pongan sus terrazas? ¿Para que las ruidosas máquinas barredoras campen a sus anchas? ¿Para que alberguen mítines una vez cada cuatro años? ¿Para que haya unos metros diáfanos delante de los escaparates de las tiendas? Que las facultades de Arquitectura cambien los planes de estudio, y revisen sus conceptos para que las calles confluyan en solares desolados que no se llamen plazas. Que presten oído a los comerciantes de Sol, y al conseller de Interior catalán que curiosamente es ¡convergente!: lo que se lleva son las plazas sin-ver-gente. Como Tiananmen pero restando a todos los chinos (podemos negociar la presencia de los tanques, que resultan decorativos). Quitemos a los acampados de la plaza de España de Palma, y luego las palomas, los bancos, y las papeleras, y los árboles que dan sombra. Incluso el rei en Jaume humaniza demasiado la zona. Bien rodeados de vías de mucho tráfico, los antiguos zocos se transformarán en agujeros en el plano, manchas sin pulso, corrales bien limpios. La población ha de recluirse en sus hogares, y si desean relacionarse para eso está internet.

    "Bajad a la plaza y no os mováis de la plaza", nos ordenaba mi madre para nuestra alegría. Eran otros tiempos, en que no había que pedir permiso a una asociación de empresarios para circular por las aceras, e incluso apalancarte en ellas y echar una charleta. En la plaza jugábamos, hablábamos a gritos, nos peleábamos y nos reconciliábamos. En la plaza se sentaban a un lado los abuelos, al otro los adolescentes y los críos corrían con libertad. "Te conozco de la plaza", digo todavía hoy a mis convecinos. La plaza es de todos, de la colectividad. Parece una cosa muy tonta, pero quiero recordárselo a quienes las miran tan mal estos días, cuando los ciudadanos las están usando para lo que en verdad sirven.

     

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