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Pilar Garcés


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  • 08
    Marzo
    2012

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    Palabro de académica

    ¿Que qué opino yo de la famosa polémica de los académicos que se han levantado en armas contra el destierro del sexismo en el lenguaje? Pues que es el peor obsequio a las mujeres por el 8 de marzo desde que mis hermanos y yo regalamos a mamá una plancha de vapor, y ella torció el morro y dijo: “Muchas gracias, muy bonita. Pero no es para mí sino para vosotros, porque plancho vuestra ropa”. Desde entonces sólo le compramos colonias y cremitas, y fulares y discos porque hemos captado el mensaje y buscamos su felicidad, aspiración que no parece guiar a los miembros de la rancia institución del diccionario. Nótese que uso el neutro miembros y académicos, primero porque lo empleo siempre a beneficio de la economía que exige el periodismo, y segundo porque las cuatro páginas que les han hecho falta para plasmar una pataleta corporativista cuyo titular podría ser El idioma castellano es nuestro cortijo viene firmado por 23 señores y tres señoras. Si por cada tres mujeres que compran un libro del académico Pérez Reverte o un periódico del académico Cebrián hiciesen lo propio 23 varones podría llamarse a eso una proporción justa. Pero me da en la nariz que no es así.
       
    Un rollete de cuatro páginas contra las personas y entidades que tratan de dar visibilidad a la mujer en el castellano con meras recomendaciones y mayor o menor fortuna, porque cualquier tiempo pesado fue mejor. Debe tocarles mucho la moral el asunto, tratándose de los socios de un club que no se caracteriza precisamente por su brío, su capacidad de reacción y su diligencia, y que no se pronuncian sobre el empobrecimiento del lenguaje político, o sobre el implacable reto verbal tecnológico y demás amenazas ciertas al español. Tratándose también de tipos que aceptan bluyín, muslamen y cultureta pero no cancillera (salvo con su acepción de ‘canal de desagüe’). Eso significa que vamos por buen camino, amigos y amigas. Cuatro páginas de letra apretada y argumentos conspicuos que van desde “qué se han creído, no nos han pedido asesoramiento”, a “las mujeres que escriben en el periódico del académico Cebrián no siguen las directrices contra el supuesto sexismo verbal”, o “el uso del genérico masculino está muy asentado en el sistema gramatical”. En efecto, la arroba estaba muy asentada como medida de peso hasta que empezamos a emplearla para comunicarnos por internet.

    ¿Y qué voy a hacer yo  personalmente con el manifiesto de la Academia contra la visibilidad de la mujer en el lenguaje? Pues guardarlo en el cajón de los calcetines desparejos. Porque hablo como me da la gana, al menos hasta que venga Rajoy a instituir un impuesto por usar jueza, jefa y bombera. Que todo llegará. Le ocurrió a mi amiga Merche, que hubo de presentar a una mujer que le exigió ser denominada ‘presidente’ de tal entidad, porque farda más, posee mayor empaque y significa más poder que ‘presidenta’. “¿Y tú qué hubieras hecho?”, me preguntó con gesto contrito. “Pues lo mismo, por buena educación: presentarla como presidente y luego llamarla presidenta, porque el cargo es suyo pero las palabras son nuestras, que no estamos en Corea del Norte”. Lo que no se dice no existe, construimos la realidad nombre a nombre, sea ministra, comisaria, generala, poetisa, médica o carcamal. Se conoce como evolucionar. No hay seres neutros caminando por la calle, por mucho que se empeñen los guardianes del cotarro lingüístico. No hay idioma neutro. Y la Academia tampoco es neutra, sino mayormente machista.

     

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