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Pilar Garcés


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  • 13
    Octubre
    2011

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    Omnipresente Esperanza

    Si hay que acabar con el Estado de las Autonomías, yo voto sí. Tengo un buen argumento, además de todos los que ya se están manejando, que son muchos y bien documentados. La ciudadanía se ha levantado en armas contra la existencia de un Centro de Interpretación del Turismo Asiático en cada ayuntamiento, diputación o consell, consejería o conselleria, y además otro dependiente de una dirección general de un ministerio capitalino. La última instancia es la que invita a sus compañeros de provincias a unas Jornadas Internacionales de Proyección del Turismo Asiático y les pone un coche para ir y volver del aeropuerto, les aloja en un cinco estrellas y les invita a comer huevos rotos donde Lucio, para luego contratar a una empresa para edite un libro con todo lo allí dicho y acontecido, que cae en manos de sus protagonistas tres años después (con ese tiempo y ese dinero, cualquier asiático monta una gran superficie y una familia numerosa sin despeinarse). Los contribuyentes se preguntan por qué pagamos cursillos de ball de bot desde tres escalones distintos de nuestra cosa pública a poblaciones de Argentina y Uruguay cuando no podemos sufragar los pañales de los discapacitados menores de 21 años. Los paganini observan a los cuatro encargados de protocolo de las cuatro instituciones local, insular, balear y nacional charlando en un rincón mientras los gestores de turno inauguran diez metros de paseo marítimo y, modestamente, llegan a la conclusión de que nos están tomando el pelo a base de complicar el organigrama.
    Pero además del gasto del lío en que los políticos profesionales han convertido lo que ellos llaman "una Administración más cercana" ofrezco otra evidencia para demostrar que el Estado de las Autonomías en realidad no funciona: lo sostenemos económicamente pero no lo disfrutamos. No nos dejan gozarlo en paz. Creemos habitar en la tranquila periferia, pero sólo se trata de un espejismo. Se nos olvida que no vivimos en Madrid, pues la omnipresencia de la presidenta de esa comunidad llega a los niveles de Belén Esteban, si no los supera. No hay noticiario que no incluya la opinión de Esperanza Aguirre sobre cualquier asunto, le incumba o no, desde la cultura al deporte, pasando por la educación o la salud y sobre todo la política. ¿Y cuándo voté yo a esta señora?, te preguntas cuando llevas un minuto escuchando sus gorgoritos. Nunca. No te has empadronado en su tierra, pero ella se ha instalado en tu sala por obra y gracia de su innegable carisma. ¿Y qué dice Pedro Sanz al respecto? ¿Que quién es Pedro Sanz? Pues el presidente de La Rioja, con seis mandatos a sus espaldas nada menos, un hombre que se dedica a su región y no da la brasa al resto. ¿Y qué le parece a Juan Vicente Herrera? ¿Y a Juan Jesús Vivas Lara? Nada, no suelen pontificar de lo que no concierna a Castilla-León o a Ceuta. ¿Cuándo correrán a preguntarle a nuestro José Ramón Bauzà por esto y lo otro para llenar el hueco que deja el siempre desaparecido Mariano Rajoy? En igual escalafón, ellos no pintan nada.

    Denuncia Esperanza Aguirre que ciertos padres de alumnos se están forrando a base de vender camisetas a favor de la escuela pública. Me obligo a recordar que es una perfidia muy, muy lejana, de un gobierno que me importa un rábano, pero no hay manera. Esta polizona hiperactiva siempre consigue colarse en las pantallas que estoy mirando, incluso aquí, en los territorios ultramarinos.

     

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