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Pilar Garcés


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  • 05
    Marzo
    2014

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    No me salves, Jordi Évole

    Utilizar una trola bien construida para conseguir audiencia no tiene que ver con el periodismo y sirve a corto plazo. Se puede disfrazar el fraude de canal para el debate social, pero habrá espectadores que no perdonen a quien se ha reído de ellos

    Cuando llegaba la gran feria por las fiestas, papá nos compraba tres tiques a cada hermano para disfrutar de la atracción que quisiéramos, entre docenas de norias, caballitos, tiro a la diana, tómbolas y otras maravillas. Yo, que a los seis años ya apuntaba por dónde irían mis preferencias, elegí entrar en las carpas de “la mujer más pequeña del mundo”, “la mujer con cuerpo de serpiente” y “el hombre con patas de araña”. Impresionada por las palabras de los charlatanes y por las imágenes que decoraban las casetas que contenían semejantes prodigios llegados de los confines del universo, no quise escuchar a mi progenitor. “Es todo mentira. No existe la mujer con cuerpo de serpiente”. Pero yo, erre que erre, transité la triple decepción: unos espantajos por los que salía la cabeza del artista de turno, una cosa de factura pésima pues entonces no había efectos especiales ni programas de realidad virtual por ordenador. Mi padre contaba que lloré tanto y tan desconsolada que me subió de extranjis al pulpo. “Pero si dicen que ahí dentro está la mujer más pequeña del mundo, ¿por qué no es verdad?”, le preguntaba sin dar crédito a semejante burla. Los feriantes cachondos que se buscaban la vida como podían hoy dirían que contribuyeron a construir mi capacidad de discernimiento, que pretendían componer una metáfora sobre la realidad y la ficción para demostrar lo fácil que resulta que te la cuelen, y que lo suyo era fomentar el espíritu crítico en la población infantil. Mas no. Se llevaron mi pequeña paga y me dejaron con cara de boba. Eso sí, nunca les olvidaré.

    Un engaño es un engaño, lo perpetre el hombre con cuerpo de araña, Luis Bárcenas o Jordi Évole en su Operación Palace. Todas las explicaciones a posteriori me parecen coartadas para esconder que el domingo pasado, con su fábula sobre el 23F, el periodista a quien tenía por un tipo majo, responsable y profesional, cambió de horizonte y buscó la audiencia en lugar de la verdad, quiso epatar porque informar está ya muy visto. ¿Qué hubiera pensado Évole si los directivos de banca entrevistados en su programa sobre las Preferentes le cuentan que con el camelo pretendían denunciar que los jubilados son gente fácil de estafar y que ellos son en realidad apóstoles dedicados a propiciar el debate y la reflexión social? Un insulto a su inteligencia. Lo justo con los espectadores habría sido advertirles de que lo que iban a ver era una invención, para que decidiesen con conocimiento de causa si cogían o no el mando a distancia para ver otra película, u otra serie, o un documental de los auténticos sobre ñus en La 2. Pero no quiso arriesgarse a una deserción en masa.

    Por lo general, cuando te han puesto los cuernos al principio escurren el bulto poniendo excusas y luego acaban culpándote a ti de no haber sabido cuidar la relación. Por eso es mejor no darle al prójimo demasiada opción para que te líe dos veces: la confianza se ha quebrado y no se recuperará. Adiós. Ya está, Jordi Évole majo, encantada de haberte seguido un tiempo, no tengo ganas de averiguar si hoy vas en serio o no. A mí no me importa si la docu-trola estaba bien o mal hecha, o si ha servido para desencadenar una discusión importante sobre la calidad de nuestra democracia. Me basta con que un reportero que me caía bien porque hacía periodismo valiente se ha pasado al lado oscuro, al de los que se creen más listos que su audiencia. Allí se queda, en compañía de tantos políticos y financieros pillados en chanchullos a los que semana tras semana sacó los colores.

    Mira aquí todas la ilustraciones de Elisa Martínez para El Desliz

     

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