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Pilar Garcés


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  • 15
    Octubre
    2014

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    No es lugar para niños

    Hace unas semanas se generó una polémica en Inglaterra cuando un artista declaró que la presencia de menores en los museos supone un insulto a los creadores allí expuestos. Es la enésima muestra de hostilidad hacia los pequeños, que parecen molestar en todas partes.

    El artista británico Jake Chapman pidió hace unas semanas que los padres se abstengan de llevar a sus hijos a los museos de arte contemporáneo porque es una pérdida de tiempo. Para los niños, se sobrentiende. Además, en unas polémicas declaraciones al periódico The Independent tildó de “arrogantes” a los progenitores que sitúan a sus retoños delante de un rothko o un pollock con la esperanza de que gocen de una experiencia estética, algo que no es sino un “insulto” hacia los autores.


    “¿Hay alguien más bobo que un niño? Los niños no son humanos aún”, sentenciaba el picajoso creador. Cuesta trabajo creer que semejante diatriba provenga precisamente del tal Chapman, catalogado como conceptual, y que junto a su hermano Dinos cogió una serie de Los desastres de la guerra de Goya y colocó narices de payaso a sus figuras en plan irreverencia y desafío de las convenciones sociales. De manera que es un insulto poner a un crío delante de un rothko pero lo suyo con el pobre maestro aragonés se llama “intervención” y “apropiacionismo”, es arte del bueno y tiene que dar para un par de tesis doctorales. Chapman ha conseguido lo que quería con sus palabras, controversia. Pero lo que dice no resulta nuevo y además aburre. Simplemente se suma a la larga lista de fans de Herodes a quienes tanto les molestan los niños y que los desterrarían de los restaurantes, los hoteles, los aviones, los supermercados, los teatros...

    Odiaría arruinarle su teoría al antipático Chapman, que coloca penes en el lugar de las narices de muñecos y consigue que unos se ofendan, otros reflexionen y que incluso alguien le compre una pieza, pero a veces te vas con los niños al museo no por arrogancia, sino porque de otro modo no irías. Como al teatro o a un concierto al aire libre. No todo el mundo puede pagar canguros o disponer a su conveniencia del tiempo de los abuelos. No se trata de darse pisto, sino de pura y simple necesidad. Y si de paso el chiquitín pilla algo, y se acostumbra, y relaciona ocio con mirar y no con comprar, pues mejor. A no ser que prefiera que los padres también se abstengan en su conjunto de visitar las exposiciones que sufragan con sus impuestos los niños deberán entrar en los museos como Pedro por su casa. Imaginemos un mundo donde los menores adquieren a la vez, a los 18, el derecho a votar y el de entrar en los templos del arte, las ciencias y las letras. Serían irrecuperables para el pensamiento libre. Además de todo, creer que cualquier adulto por el hecho de serlo entiende a Pollock es de una candidez impropia de un enfant terrible de la plástica como Chapman.

    Con tanto empeño por quitarles de la vista, pudiera parecer que los niños invaden las ciudades causando múltiples molestias al resto de los mortales. Pudiera parecer que hay un mundo a la medida de sus habitantes en vías de desarrollo. Pero créanme, nada más lejos de la realidad: los carritos no caben en las aceras, el tráfico les amenaza, sus parques son espacios polvorientos, aburridos y sucios, con una clamorosa escasez de sombra. Acosados en las zonas peatonales, poco se piensa en ellos al programar las fiestas. Su formación, su diversión y su ocio representan una parte ínfima del presupuesto público. Cuesta imaginación y ganas arrancarles de las garras de la tele o de la play y darles una alternativa interesante, el museo o cualquier otra. Por mucho que insistan sus detractores, se deja poco espacio a los niños en este país, que tampoco es para viejos. Pero ese es otro artículo.

     

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