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Pilar Garcés


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  • 10
    Octubre
    2013

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    Músicos por la voluntad

    Los maestros de la Simfònica de Balears llevan tres meses sin cobrar su sueldo. Esperando que se solucionen unos problemas que ellos no han causado, son las únicas víctimas de una gestión cultural pésima que pone en peligro el futuro de la Orquestra.

    La Orquestra Simfònica de Balears ha empezado el curso con normalidad, salvo por la huelga. Si el universo paralelo en el que habita la consellera de Educación tuviera una banda sonora, esta sería el silencio sepulcral. La Simfònica carece de programación para esta temporada y agoniza por deudas con la Administración, que suele hacer la vista gorda con los clubes de fútbol y se pone estupenda con cualquier colectivo que huela a Cultura. Pero es que Mariano Rajoy vibra con la Roja, y nunca se le ha visto en un concierto, ni siquiera de gaitas. Tampoco parece muy melómana Joana Maria Camps, elogiada el viernes con tremenda condescendencia por su compañera la portavoz del Govern Núria Riera, pues “hace un gran trabajo como madre, persona y consellera”. Imperdonable olvido de su magnífica labor como organismo pluricelular, por no hablar de su pelazo. En realidad no hace falta que a Camps le guste la música. Mejor si la aborrece, incluso, para no desviarse de su misión exterminadora. Yo cerraría los conservatorios, ¿quién los necesita existiendo La Voz y ese gran invento llamado karaoke?  La música no representa el sentir popular, como tampoco la histórica manifestación de 100.000 mallorquines contra el decreto de lenguas de José Ramón Bauzá el domingo pasado. El sentir popular lo representa el Partido Popular, obviamente. La misma palabra lo dice. Y para echar un  rato, siempre nos quedará la Banda Municipal.
       
    Hace tres meses que los profesores que componen la Simfònica de Balears no cobran su sueldo. ¿Cómo se le queda el cuerpo a la madre, persona y consellera Camps? Hablamos de profesionales a las órdenes directas de tres instituciones públicas, Govern, Consell y Ayuntamiento de Palma, cuyos ingresos ascienden a cero desde junio porque no les pagan a causa de una mala gestión que no es en absoluto culpa de los trabajadores. Me pregunto cuántos asesores, directores generales, concejales, consellers insulares, secretarios autonómicos, presidentes, consellers baleares, diputados y alcalde han dejado de percibir sus nóminas con puntualidad en el último trimestre porque la economía está muy malita y hay que recortar. Y me atrevo a responderme que ninguno. Los músicos también tienen familia, niños y facturas. Mientras los inútiles políticos culturales marean la perdiz con reuniones, escaqueos, aprobaciones de partidas y dan los quince pasos burocráticos necesarios para mover un folio, los integrantes de la Orquestra ensayan, protestan y no cobran. Tres meses sin salario, se les tendría que caer la cara de vergüenza a los responsables.
       
    Cada vez que una celebridad civilizada aterriza en el archipiélago hay que ponerse a temblar. Michael Nyman y Zubin Metha, entre otros, ya han puesto el grito en el cielo por el maltrato que se le propina y por la pérdida patrimonial que supondría la desaparición de un bien como la Simfònica. Los mejores visitantes se escandalizan de la burricie que nos gobierna, toma marca balear y toma publicidad para ese turismo de calidad que tanto buscamos como aderezo de la célebre desestacionalización. En cada concierto reivindicativo miles de ciudadanos aplauden a los músicos, que viven en precario, ven su futuro amenazado y actúan por la voluntad, como artistas en el metro. Pero no es plan. Merecen que se les respete como dignos trabajadores que son. Alimentan nuestro espíritu, aunque no pueden vivir del aire.

     

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