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Pilar Garcés


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  • 25
    Agosto
    2011

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    Lo que sé de la faja

    Cuando cumplí doce años, mi madre me llevó a un almacén de mi pueblo donde se fabricaban las fajas que luego las tiendas vendían con diferentes marcas. Era una inmensa suerte, según ella, contar con semejante industria tan cerca de casa, que nos iba a permitir ahorrarnos un buen dinero y elegir entre un sinfín de modelos. "Tu primera faja", me iba diciendo llena de orgullo, en plan ceremonia de iniciación. Yo era un palillo y ya tenía suficiente criterio como para rechazar de plano una prenda que consideraba espantosamente fea, incómoda y absurda. "No me la pienso poner. Y si se me levanta el uniforme con el viento y me la ven los chicos me iré de casa y jamás volveré", le protestaba yo melodramática, pero ni por esas. Mi regalo al soplar las doce velas consistió en una faja-pantalón infantil azul claro, con unos refuerzos que ni la presa de Asuán, confeccionada para resultar eterna por mucho que le metieras las uñas. Mi madre y mis tías, en contubernio de fajas color carne, no daban crédito a la rebelión de primas hermanas empeñadas en desterrar ese apósito lencero que las de su generación consideraban imprescindible. "El otro día salí de casa sin ella y me enfrié. No entiendo cómo se puede vivir sin llevarla", argumentaba una. "Imagínate, va y me dice que no se la quiere poner debajo del vaquero", informaba otra. "Calla, que se la dejó "olvidada" en el gimnasio del colegio y tuvimos que volver en plena noche a buscarla. Gracias a Dios allí estaba", concluía mi madre. En efecto, la prenda imperdible, incombustible e irrompible era de verdad interminable, y, como todo baluarte de la feminidad, cuanto más molestara y apretara, mejor, pues demostraba estar cumpliendo su función reductora y ocultadora de la realidad. Para presumir hay que sufrir.

    De verdad que no me esperaba que la faja regresara por sus fueros, con una legión de famosas partidarias del engendro interior. Pero ha ocurrido en este siglo, ahora que hasta las señoras de mi familia se han liberado de su tiranía y se mueven sin culpabilidad con sus lorzas y michelines al viento. Evidentemente, la neofaja ha cambiado de nombre para despistar. Se llama spanx y tiene poco que ver con la antepasada que te dejaba sin respiración. Se trata de un tejido sin costuras que moldea pero no oprime, y su aspecto se parece al de una segunda piel algo más gruesa. Todas las tías a las que envidiamos sobre la alfombra roja, desde Julia Roberts a Gwyneth Paltrow, pasando por Jennifer Aniston, Cate Blanchett y Jessica Alba la portan para poder lucir esos vestidos imposibles y esos vientres planos que son tan moda como la propia faja. También la usa Madonna a escondidas, ella que convirtió los sujetadores en prendas exteriores y resucitó los escandalosos corsés. O Beyonce y Jennifer Lopez, a quienes creíamos encantadas con sus curvas naturales. El otro día vi una fotografía que me hizo recordar con un escalofrío mi viejo fantasma personal: la glamurosísima Eva Longoria saliendo de una limusina con un estilismo minifaldero maravilloso, enseñando la faja en un descuido. Las fabrican también para hombres, pero no ha trascendido ni un solo nombre de estrella masculina que admita tener una en su cajón.

    Dicen las malas lenguas que incluso Pippa Middleton enfundó su anatomía en una spanx para lucir preciosa en la boda de su hermana. Una prueba irrefutable de la evolución de la faja. Si se llega a poner la que a mí me martirizó en la infancia no se hubiese agachado ni la mitad de veces.

     

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