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Pilar Garcés


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  • 23
    Diciembre
    2013

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    Lo que cenan los pobres

    Cómo vamos a explicar que usamos los recursos públicos en legislar contra los manifestantes hartos de políticos y no ayudamos a los que ya no saben dónde buscar su plato caliente diario

    Éste fin de semana ha muerto una familia casi al completo en la localidad sevillana de Alcalá de Guadaira. Eran cuatro, padres y dos hijas, que empezaron a sentirse mal con náuseas, vómitos y diarrea después de cenar. Llamaron a urgencias, que les atendieron en su domicilio y se marcharon. Cuando regresaron un par de horas después, los progenitores y una niña de 14 años agonizaban, mientras que la benjamina de 13 resistió y ha salido adelante. Los vecinos contaron que estaban en el paro (él era un fontanero de 61 años, víctima de la burbuja inmobiliaria) y sobrevivían a duras penas vendiendo el papel y la ropa que recogían en los contendores, y que también aprovechaban alimentos pasados de caducidad. Uno de ellos mencionó que el padre le regaló unos zumos que no consumió porque no se fió de la fecha. Los servicios sanitarios y las autoridades hablaron de una intoxicación brutal. Sin embargo, se acerca la Navidad y esta historia es demasiado dura de digerir. Es la crisis con cara y ojos, la despiadada y la asesina. Cómo vamos a explicar que usamos los recursos públicos en legislar contra las manifestaciones de personas hartas de políticos que solo miran por la banca, y no ayudamos a los que ya no saben dónde buscar su plato caliente diario. Eso han debido pensar. Así que las noticias van cambiando.

    Segunda versión: La familia sevillana compraba su comida con esfuerzo pero en perfecto estado, y no se sabe qué ocurrió. El sueldo de quien ha afirmado que el deceso se debió a una “parada cardiorrespiratoria”, y nada más de momento, también lo pagamos nosotros. Doscientos vecinos se lanzaron a la calle a increpar a los políticos por una desgracia anunciada. La gente se echó las manos a la cabeza. Miles de almas está en la misma situación en

    España, pero en silencio van capeando el temporal. Mientras coman mierda, pero en las dosis suficientes para no morirse de repente y con ruido, nuestro presidente podrá seguir emocionándose en Sudáfrica con las victorias de La Roja, y nuestra ministra de Sanidad acompañando a la reina en sus paseíllos solidarios por hospitales. El alcalde del pueblo habla ahora de “preservar la dignidad” de las víctimas, supuestamente mancillada por decir que vivían de lo que sacaban de los contendores. Ellos eran dignos se dedicasen a lo que se dedicasen, y procediera su cena de donde procediera. Los indignos son quienes desean tapar que la indigencia ataca a la salud para masticar sus viandas con la conciencia tranquila esta Nochebuena.

    Así que me apuesto mi ración de langostinos navideños congelados a que tal día hace un año y nunca sabremos la razón exacta de la muerte de los sevillanos. Esto no es un capítulo de House, aquí no hay que dar explicaciones, o si acaso, culpemos a uno de esos tóxicos ambientales que nadie sabe cómo entran ni como salen de los domicilios, o a un escape de algo, ya improvisaremos. Hay cien estudios publicados en revistas especializadas que certifican la relación directa entre la crisis y una mala alimentación, y por ende con una pésima salud, pero mejor no lanzar suposiciones o acabaremos diciendo que no poner la calefacción por falta de dinero para pagarla también resulta nocivo. Pensemos que les tocó a ellos como le hubiera podido tocar a los marqueses que se zampan un besugo al horno con verduritas en su salón caldeado. Hay que ser muy sinvergüenza para no salir a decir, al menos, que lo sienten, que es una pena y que esto no debería ocurrir nunca en un país civilizado.

    Mira aquí todas la ilustraciones de Elisa Martínez para El Desliz

     

     

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