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Pilar Garcés


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  • 11
    Agosto
    2011

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    Las memorias de Ana

    Soy muy fan de Ana Obregón, salvo por el pequeño detalle de que este año su famoso posado en bikini en la Costa de los Pinos lo ha trasladado a Marbella. Sñig. Se tendrá que mover nuestro ínclito conseller de Turismo, Carlos Delgado, y convencerla de que eso es alta traición hacia Mallorca, la isla que la ha visto crecer en popularidad y abdominales, pues si este mal ejemplo cunde Letizia puede acabar veraneando en La Manga del Mar Menor. Si volviera, le perdonaríamos hasta lo del trikini, que es una prenda espantosa y que tarda horas en secarse. Pero es que la actriz que salió indemne del ciclón conde Lecquio se ha exiliado y ahora vive la mayor parte del tiempo en Miami, donde su hijo estudia. Desde allí observa la deriva de nuestro país y anhela un cambio político porque estos socialistas no han hecho nada más que hundirnos, afirma. Ahora no recuerdo si su Ana y los siete de Televisión Española la encumbraron los de izquierdas o los de derechas con cargo al erario público, pero da igual porque la serie arrasó en audiencia. El caso es que la Obregón ha cruzado el charco y ha tomado la suficiente distancia como para anunciar que está preparando sus memorias.

    Qué grande es la tía. Adelanta cuatro pinceladas y ya me entra una prisa por leerlo que me voy a La Biblioteca de Babel a reservarme un volumen y una botella de tinto con el que maridarlo (ventaja de una librería-vinoteca cuando se trata de este tipo de textos). Cuenta que desnudará su alma, pero no revelará la identidad del hombre increíblemente importante con el que mantuvo una aventura porque el país entero se echaría a temblar. Vaya, siempre se callan lo mejor; luego se quejan de las biografías no autorizadas que otros editan por ellos. A ver si consigue mantener el suspense, porque con las historias compartidas nunca se sabe. Espero que el amante en cuestión sea más discreto que cierto escritor y comunicador televisivo archiconocido y, como la propia Ana, defensor acérrimo del sexo tántrico, con el que cenamos hace un par de años mi amiga Merche y yo en pleno Paseo Marítimo de Palma. Para documentar su fama de mujeriego seductor irresistible se puso a contarnos con todo lujo de detalles cómo y de qué manera se había liado con la Obregón cuando los dos protagonizaban un reportaje. Lo hizo de una forma tan irrespetuosa, delirante y machista que a nosotras se nos quedó la cara que se les queda a las mujeres solidarias con las demás mujeres cuando tienen un filete en el plato y al animal del que procede sentado justo enfrente. Como sin público entregado carece de sentido alardear y narrar secretillos de alcoba, el autor, también famoso por jactarse de haber mantenido relaciones con menores de edad japonesas, cambió de tema de la manera encantadora que le caracteriza y regresamos a los asuntos de la interesante filosofía oriental.

    Quien seguro que sí se comportaría como un caballero es Alberto de Mónaco. Del breve noviazgo que les unió promete Ana una descripción exhaustiva en su libro, aunque ya avanza que nunca se vio como princesa de Mónaco porque le falta protocolo y le sobra alegría. Entre los chapuzones sonrientes de la Obregón todos los veranos en el mar y el pulido estilo de la nadadora Charlene, con su cara de pena y cloro, el príncipe eligió lo segundo. Que no se queje si naufraga. O peor, si se aburre.

     

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