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Pilar Garcés


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  • 19
    Julio
    2012

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    Las ambiciones rubias

    Marine Le Pen, republicana y frentista, acaba de denunciar a Madonna, reina del pop, por utilizar su careto con una cruz gamada como fondo de pantalla en los conciertos de la gira que tiene en curso. Si nos juran que los jefes de prensa de ambas damas no se conocen, y no se han reunido una docena de veces en las últimas semanas para pactar esta revulsiva campaña de publicidad internacional, nos lo creeremos. Al fin y al cabo, picamos como pardillos con el noviazgo de Penélope Cruz y Tom Cruise. A la artista cabalista, que ha lanzado el órdago de una segunda función en París, le queda además otra actuación en suelo francés en el mes de agosto para volver a emplear la imagen de la política gala, y según todos los indicios no se apeará de su provocación por miedo a una multa. “Las viejas cantantes necesitan que se hable de ellas y eso justifica que se llegue a tales extremos”, ha declarado la hija de Jean-Marie, el fundador del partido ultraderechista y xenófobo Frente Nacional, heredera también de sus discursos insultantes contra otras razas y su desfachatez, pero afanada en distanciarse de las teorías negacionistas del Holocausto de papi. Tal vez recuerden esa deliciosa escena de Tomates verdes fritos en la que la señora protagonista observa impotente cómo una jovenzuela con mucho morro le quita la plaza de aparcamiento en el supermercado cuando está a punto de estacionar, y se le ríe a la cara, un día sí y otro también, porque conduce más rápido y es más maleducada. Harta, una mañana la mujer le arrea una docena de veces con su coche y deja a la abusona fuera de su parking por la vía violenta. “Tú serás joven pero yo tengo un seguro a todo riesgo”, le espeta.

    La póliza de Madonna se llama décadas de oficio en la cumbre, dineral en el banco y necesidad imperiosa de resistir en un oficio donde ya Lady Gaga o Rihanna le están levantando el aparcamiento. Así que una multa por identificar a Le Pen con Hitler u otra por defender la causa homosexual en Rusia, que promulgó una ley que lo prohíbe expresamente, no la van a arredrar. Puede que sostener estas posturas públicamente forme parte de una estrategia de marketing, pero como mínimo invitan a la discusión y molestan a quienes suelen fastidiar sin que les cueste nunca nada. ¿Que resultan contradictorias en una estrella multimillonaria que luego se gasta el producto interior bruto de un país africano en decorar su cadena de gimnasios? Vale, pero también Marine Le Pen dijo: “Mi adversario es el sistema, que nos lleva a la deriva desde hace treinta años”, y luego utiliza las herramientas judiciales que éste proporciona para defender su impoluta imagen de política que nada quiere saber de las cámaras de gas, qué cosa tan antigua, con lo fácil que es cerrar las fronteras a la inmigración y dejar que los pobres de tez oscura se mueran de hambre al otro lado. La líder ultraconservadora francesa ha sido condenada varias veces por sus dislates contra los musulmanes. Si ella consigue sumar a Madonna a la lista de ajusticiadas por causa de sus ideas, ya compartirán otra cosa, además del tinte capilar, los millones de seguidores, sus dos exmaridos a las espaldas y esa ambición que a ambas mueve a perseverar en sus respectivas carreras.

    Un consejo para la diva americana del pop cuando vuelva por España: no intente lo mismo con Andreíta Fabra. También tiene un padre famoso por su trayectoria caciquil, la boca muy sucia, chulería y maneras groseras, pero carece de fuste una vez agotado su primer pequeño escándalo. No es un enemigo a la altura, al final correrá a esconderse tras el cuerpo de baile. 
     

     

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