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Pilar Garcés


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  • 04
    Octubre
    2012

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    La república independiente de tu burka

    La tienda de Ikea en Arabia Saudí eliminó por ordenador a las mujeres de su catálogo para no ofender los castos ojos de los que tienen la chequera por el mango. Así, en ese salón, que podría contar con un sofá Ektorp de tres plazas, un mueble para la televisión Hemnes y un escritorio Leksvik, un padre mira tontamente al vacío mientras su hijo señala a la nada, pues allí donde en otras geografías se encontraba una madre en chándal recibiendo la atención de ambos se habría producido un siniestro agujero negro. De la misma manera, un chavalín se lava las manos en un armario lavabo Godmorgon mientras su progenitor sentado en una banqueta se ocupa del bebé ante un cubo de basura Rationell Variera, muy apretujados los tres en el cuarto de baño cuando frente al espejo queda un gran hueco vacío: el que en el resto del mundo correspondería al contorno de una joven en pijama. Pero no solo la ropa de andar por casa ofende a los consumidores arábigos. Una de las diseñadoras de la compañía también fue suprimida de la publicidad por ir en vaqueros. Chicas del mundo: píxeles somos y así de fácil nos borran del mapa. No molamos las mujeres ni los edredones Mysa Rosenglim en según qué oasis regados de petrodólares.
    Tras el escándalo, el gigante sueco de la decoración se ha aprestado a pedir disculpas, alegando que la franquicia de la firma en territorio de jeques se tomó una libertad censora que no cuadra en absoluto con su filosofía de marca. Les creo, son gente evolucionada que hasta ahora se han dedicado a hacernos la vida doméstica más cómoda y bella a buen precio. Una ciudadana de Estocolmo, preguntada por el caso en la tele decía: “En Arabia Saudí nos hacen desaparecer para no molestar a los hombres y en Estados Unidos aumentan el tamaño de nuestras tetas para vender más. Así es de triste”. Y eso que ella se puede consolar, pues no vive en un archipiélago con un Govern formado exclusivamente por señores, cuan catálogo de muebles para un harén.
       
    ¿Pero las hembras no eran las reinas del hogar? Pues ya ni eso. Son las tentaciones del photoshop, que lo mismo te sirve para introducir siete niqabs en un armario con puertas correderas Pax, que para suscitar un comentario unánime sobre el milagro del paso del tiempo en la cara de Isabel Preysler. No es culpa de la herramienta sino de quien la maneja, que suele ser un demiurgo con pocas luces. Ojalá hubieran dispuesto de semejante maravilla Stalin y los suyos, obligados a algunas chapuzas de corta y pega muy conocidas en las enciclopedias y en los periódicos soviéticos. Los de Ikea piensan retirar esos catálogos huérfanos de madre de la circulación. Harán bien. Arabia Saudí, un estado gran amigo de nuestro rey de España, es conocido por marginar a la mujer de la vida pública mediante normas tan vergonzosas como prohibirle conducir un coche bajo pena de diez latigazos, negarle el derecho al voto, impedir que se aloje sola en un hotel o que se forme en la universidad, amén de contar con una policía religiosa que vigila la modestia en el vestir y denuncia sin parar a las jóvenes que no se recatan. Es, o sea, un cliente que no puede tener razón por mucho que disponga de una cartera abultada. Les pedimos a los admirados escandinavos que se planten porque no vale la pena exigir lo mismo a los empresarios hispanos que andan en suculentos tratos por aquellos desiertos. La crisis, como el photoshop, ha hecho desaparecer del horizonte cualquier rastro de ética en los negocios, como mínimo aquí y ahora.
     

     

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