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Pilar Garcés


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  • 30
    Agosto
    2012

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    La ORA de la mezquita

    Que las vigilantes de la Ordenanza Reguladora del Aparcamiento (ORA) en las inmediaciones de la mezquita de Palma hayan tenido que ser sustituidas en el servicio por hombres porque algunos de los fieles las insultan y las vejan cuando están realizando su trabajo resulta sencillamente inaceptable. Un paso atrás intolerable. La empresa concesionaria de este servicio del Ayuntamiento en la capital balear ha tomado una decisión posiblemente correcta para sus intereses organizativos y para la integridad de sus empleadas, pero del todo inconveniente para el bien común y para el Estado de derecho a este lado de la Meca, porque supone plegarse al  miedo. Aquí tenemos una Constitución con un artículo, el 14, que establece que unos cuantos tipos no pueden imponer su ley medieval a unas ciudadanas que desarrollan su labor tal y como les encomienda, para más inri, un servicio público. Aquí se respeta a la autoridad, la encarne un varón o una fémina. Y el que tenga algún problema con este principio esencial de la convivencia occidental se puede volver por donde ha venido. Y rápido.
    ¿Y qué dice el consistorio de Mateo Isern de este ejemplo de intolerancia y machismo que obliga a una de sus contratas a adaptarse a las imposiciones ilegales de unos cuantos usuarios cerriles de la mezquita? Nada, pues no se había enterado. Me pregunto para qué sirven entonces todas esas unidades caninas y humanas que presenta con tanto orgullo periódicamente el concejal de la Policía Local, en plan ‘hombres de Harrelson’, ¿solo para que a un par de próceres les suba la testosterona? Los problemas serios, reales, los indicios de comportamientos que en breve pueden suponer auténticos conflictos de convivencia en los barrios más saturados de inmigración no llegan hasta los despachos porque no van con papel oficial y membrete, ni solicitan audiencia. Y para cuando afloran, en forma de  batalla campal como en Son Gotleu hace un año, ya no hay solución. Las agentes de la ORA deben volver a inspeccionar las calles adyacentes a la mezquita con garantías para su integridad a la mayor brevedad, mejor hoy que mañana. Esos tíos no pueden establecer su imperio de acoso e intimidación como si Pere Garau fuese un barrio de Isfahán o de Fez. Isern debe ocuparse de ello como se esmera en subirles la contribución urbana a los habitantes de esa carismática y concurrida zona de la ciudad. No puede haber espacios vedados a las mujeres en la urbe, faltaría otra.
    Como el alcalde, la representación de la comunidad musulmana no sabía nada del matonismo que se ejerce en las calles colindantes con su lugar de culto. Curioso. Desconocía que los fieles que aparcan sin poner el tique se juntaban además en grupos en las esquinas y obligaban a bajarse de la acera a las controladoras de la ORA, les gritaban amenazantes y no hacían caso de sus multas. “Nos cuesta pagar porque no tenemos trabajo”, dice su portavoz en lo que es una disculpa clamorosa. El futuro laboral de las agentes de la empresa de aparcamientos tampoco pinta bien, amigo, pues cualquier compañía preferiría contratar a un hombre que puede desempeñar su cometido en todas partes sin problemas que a una mujer a la que intimidan impunemente los que se niegan a apoquinar un precio público marcado por una ordenanza. Podría cundir el ejemplo, pues el paro y la crisis afectan a toda Palma, y así la zona azul iría menguando, desplazándose a la velocidad que marquen sus cuadrillas de extorsionadores, hacia lugares más pacíficos. Por pura vagancia, por buenismo  o por canguelo, el Ayuntamiento se está mostrando muy poco activo en extinguir este conato de discriminación y maltrato a mujeres tan evidente. La línea azul se ha vuelto roja y la autoridad de Palma como si oye llover.

     

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