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Pilar Garcés


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  • 07
    Noviembre
    2011

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    La familia del monstruo

    Debe ser duro apellidarse Madoff. Vamos, que no es lo mismo que llamarse Travolta o Lennon, la gente no se muestra encantadora, y te sonríe al pasar. La familia del autor de la mayor estafa de la historia de Wall Street se ha empeñado en la ingente misión de explicar sus cuitas negro sobre blanco, para restaurar en lo posible el honor del clan. De lo que se ha avanzado del libro La verdad y sus consecuencias, biografía autorizada recién publicada escrita por Laurie Sandell por encargo de Andrew, el hijo sobreviviente del financiero ladrón Bernard Madoff, se puede concluir un argumento esencial: no teníamos ni idea de lo que estaba pasando. Ni la esposa Ruth, que durante meses visitó en la cárcel al culpable de la ruina de miles de personas de cuyos ahorros se apropió, ni los dos vástagos, criados en un sistema de valores basado en la competitividad y el temor reverencial hacia el despótico patriarca. Gozaron de la riqueza de papá sin pensar que en realidad se trataba del botín de papá: 65.000 millones de dólares producto de una estafa piramidal sin parangón en Estados Unidos, que dejó sin blanca a sus miles de clientes, un latrocinio del que se ha declarado culpable y por el que le han caído 150 años que cumplirá en absoluta soledad. Ya no le apoyan ni los suyos.

    Pero no siempre fue tan duro apellidarse Madoff. Hubo un tiempo en el que el matrimonio y sus dos hijos, Andrew y Mark (quien se suicidó en diciembre de 2010), disfrutaban de un dúplex de 340 metros en Nueva York, una mansión en Palm Beach, un chalé en los Hamptons, un yate y una casa en Francia, joyas de valor incalculable, prestigio social y un nivel de vida envidiable. La esposa, Ruth, conoció a Bernie a los 13 años, se casó a los 18 y soportó con abnegación sus infidelidades. Ahora cuenta que le respaldó tras enterarse de la cruda verdad porque proviene "de una generación para la que el matrimonio significa seguir unidos, para bien o para mal". La noche en que Madoff confesó a la familia su actividad delictiva y su ruina, ella se arregló con ropa de marca y acompañó a su marido a la fiesta de Navidad de la empresa, donde charló con los empleados que iban a perder sus trabajos en horas y bebió margaritas de granada. Requisadas sus pertenencias con la detención de Bernie, soportó el verse humillada y apartada de la sociedad, hubo de mudarse a Florida, donde un conocido le prestó una casa y ahora purga su conciencia con obras de caridad, y le da pánico "gastar un penique". Permaneció al lado de su hombre, incluso le acompañó en un intento fallido de quitarse la vida con pastillas en 2008, hasta que su hijo mayor se suicidó de verdad, y entonces se apartó definitivamente. Ahora ayuda al menor a promocionar el libro que lo explica todo: no teníamos ni idea de lo que estaba ocurriendo, merecemos solidaridad.
    La policía cree que el propio Madoff organizó la trama por la que sus descendientes le denunciaron con el propósito de exculparles, cosa que el superviviente Andrew y Ruth, adalides de la sinceridad en plena campaña de promoción de su libro, rechazan. De todos modos, semejante planificación no bastó para preservar la integridad de Mark, quien no pudo soportar la presión y se colgó de una viga con su pequeño de dos años en la habitación de al lado. Tampoco la venta de los bienes de la familia ha bastado para indemnizar a los estafados, cuyas historias no resultan menos interesantes ni menos dramáticas que la que cuentan los Madoff, aunque no se plasmen en entrevistas y autobiografías. Ellos pueden decir también que no tenían ni idea de lo que pasaba. Son las verdaderas víctimas y no van sobrados de compasión.

     

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