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Pilar Garcés


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  • 21
    Enero
    2014

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    Hollande, tan normal

    El presidente del Francia tiene al país pendiente de sus correrías amorosas. Parecía difícil que el sencillo hombre corriente François Hollande superase a su predecesor Nicolas Sarkozy en materia de folletines y disputas conyugales, pero lo ha logrado

    El hombre normal nos ha salido de lo más normal. François Hollande se ganó la simpatía de los franceses por ese halo de atonía que daba cierta seguridad frente al impredecible Nicolas Sarkozy, el pequeño jinete montado sobre el caballo loco de su propio carácter y ambiciones. El socialista era un político simple, agradable, anodino en apariencia. Ahora resulta que el tipo corriente se escapaba del Palacio del Elíseo cuando su compañera sentimental dormía, y a lomos de una moto conducida por su escolta se iba a encontrarse en la calle del Circo con una actriz guapa. Nadie le recordó mientras se ponía el casco para evadirse de extranjis que es el líder de una potencia nuclear, uno de los pocos países que mandan sobre el resto, y que dicha circunstancia llega acompañada de ciertas cautelas. Como cualquier hombre normal hizo lo que le salió del puro, como le salió del puro y cuando le salió del puro. Y ahora la envidiable república francesa vive pendiente de la bragueta de su presidente, igual que nuestro reino contuvo la respiración hace unos meses por las correrías del rey Juan Carlos en Botsuana y otras geografías, en compañía de su íntima amiga Corinna. Jolín con los campechanos. No hay sistema de gobierno que se libre de la tiranía hormonal. Salvo el del Vaticano, se entiende.
       
    Ábrase un paréntesis para admirar a un presidente de Francia que se sitúa delante de cientos de periodistas, y que la primera pregunta que responde y no elude se refiere a su vida amorosa hoy en el candelero. Por estos lares Mariano Rajoy habría seleccionado a media docena de tertulianos afines para explayarse sobre la prima de riesgo desde una pantalla de plasma, formas de entender la democracia. “¿Quién es en estos momentos la primera dama?”, le inquirieron. No lo aclaró el mandatario galo, aunque lo cierto es que, de momento, se trata de una mujer que merece una disculpa.    

    La novia humillada, Valérie Trierweiler, fue catalogada como “problemática” desde el mismo momento en que se despidió de Sarkozy y Carla Bruni en la escalinata del Elíseo con un aire de ‘aquí estoy yo’ que levantó montañas de suspicacias. Periodista aguerrida, divorciada, carismática, guapa, previno a sus conciudadanos que no pensaba ser un florero y advirtió que seguiría trabajando para mantener a sus tres hijos. Vista la imposibilidad ética y organizativa de semejante propósito, se relajó pero anunciando su intención de modificar a fondo la figura y tarea de una primera dama. No le han faltado momentos críticos a la reportera de Paris Match, desde la oleada de censuras por apoyar con un tuit al contrincante de la política socialista Ségolène Royale (primera expareja de Hollande y madre de sus cuatro hijos), a sus disputas con los medios por difundir fotos suyas en bañador, o la publicación de la detención de uno de sus retoños en posesión de una piedra de hachís. Ella parecía la conflictiva y la imprudente hasta que su hombre corriente apareció en la portada de una revista mientras visitaba a su amante, y acabó ingresada en un hospital con un “ataque de tristeza”, en palabras de los portavoces del gobierno francés. Pese a lo descacharrante del affaire de François Hollande, que es tan público que difícilmente puede defenderse ya como privado, él está siendo tratado con mucha mayor benevolencia en su desliz que la desdichada Trierweiler en los suyos. De nuevo, como le suele pasar a cualquier hombre normal.

    Mira aquí todas la ilustraciones de Elisa Martínez para El Desliz

     

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