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Pilar Garcés


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  • 31
    Mayo
    2012

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    Gran Hermano o pequeño contribuyente

    La futura ley de Transparencia se está debatiendo estos días en el Congreso a puerta cerrada, así que no sería mala idea que alguien se pusiera a escuchar a través de la cerradura para que nos enteremos de qué andan pactando propios y extraños. Hay que cotillear más, señores, o nos quedamos a dos velas en los grandes temas del Estado. Con el propósito de ahorrar, la radio y televisión públicas se preparan para meter un buen tajo a los servicios informativos, eliminando para empezar las desconexiones territoriales de los fines de semana en Radio Nacional durante los meses de verano, porque en temporada estival ya se sabe que la gente va a lo suyo, de la tumbona al chiringuito, y no quiere malas noticias sino cosa fresca y superficial. Y periclitada, ergo barata. El que no esté dando segundas oportunidades a prendas de otras temporadas en los armarios en crisis que tire la primera piedra. Todo muy transparente, sobre todo las intenciones de los ideólogos del asunto, que aún no han efectuado el nombramiento claro de quien se ha de poner al frente del gran     desembarco en los medios públicos. Calor sumado a aislamiento mental igual a felicidad. A reponer Verano azul y un par de bodas de futbolistas.
       
    No van desencaminados. El lunes, cuatro millones de espectadores siguieron la final de Gran Hermano, y otros tres y medio se tragaron incluso la previa. No está nada mal para un programa que llega a su edición número 13 (o 12+1, como dicen ellos) en plena forma después de que tantas veces se le haya dado por muerto. Poblado de seres extravagantes, el reality por antonomasia ha recuperado el fuelle perdido por simple falta de competencia: entre las evoluciones de la prima de riesgo contadas por gente poco fiable, y las intimidades de un puñado de personas en vivo y en directo, la abrumada audiencia elige no sufrir. Cuando al magnate de la prensa y la televisión Rupert Murdoch su madre le afeó la compra del tabloide News of the World, el mismo que tuvo que cerrar pese a sus ventas millonarias por el escándalo del espionaje telefónico a famosos y víctimas del delito, porque era un periódico que revelaba la vida privada de las celebridades, el empresario respondió: “Pero mamá, en Inglaterra hay miles de personas que no tienen prácticamente nada en sus vidas y que desean este tipo de cosas”. En efecto, nos quitarán el pan pero al menos que nos dejen el circo. Esta máxima no prescribirá jamás.
       
    Entre la vida de los otros y la propia, volvemos a preferir la primera, que no duele. Y qué demonios, al menos el Gran Hermano no es como el pequeño contribuyente, no se le engaña con tanta facilidad. Imaginemos en el salón de la casa, haciendo edredoning tan a gusto a Rodrigo Rato, expresidente de Bankia con un sueldo de dos millones de euros al año,  y a Aurelio Izquierdo, exdirectivo del mismo banco que percibirá 14 millones de euros en concepto de jubilación. Imaginémosles tramando de las suyas, dando explicaciones en el confesionario, pidiendo rescate, riéndose de nosotros  y a sus exquisitas familias defendiendo su gestión en el plató. Mercedes Milá no sería tan complaciente como Mariano Rajoy, fijo. ¿Sería o no un cambio a mejor, además del mismo circo?
     

     

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