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Pilar Garcés


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  • 18
    Octubre
    2012

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    Elena, de nuevo al rincón

    He de reconocer que me cogió por sorpresa. Pero de sorpresa genuina, no como la que malamente exteriorizó Carmen Posadas al descubrir que bajo el seudónimo de Bernie Ohls se escondía el querido Lorenzo Silva. ¿Había leído y premiado con el Planeta la sexta novela negra protagonizada por los guardias civiles Bevilacqua y Chamorro y la identidad del autor era un suspense? Elemental, mi querida Watson. Muy por el contrario, la patada en el culo de la infanta Elena propinada por su propia familia sí que me pilló desprevenida: enviada sin previo aviso al palco de invitados para ver el desfile del la Fiesta Nacional el viernes pasado, día del Pilar. Al gallinero, a segunda B, al rincón. A la oposición, como dijo un comentarista, sentada con Rubalcaba. ¿Rubalquién? Nadie, da igual. A la mesa de los niños, al banquillo, al pabellón de invitados, con los segundos oficiales y los directores generales, expulsada de la casa de Gran Hermano y sin derecho a confesionario. Primogénita desdichada y postergada, nunca volverá a tener una vista privilegiada de la cabra de la legión, ni a saludar a los cientos de invitados de los besamanos, así se escribe la historia. Hay que visibilizar la línea sucesoria de la Corona limpia de escándalos, por mucho que la línea sucesoria de la Corona sea un renglón torcido en la Constitución española del que no nos deberíamos enorgullecer. Los hombres van por delante de las mujeres, como en Arabia Saudí y en el Vaticano. Así que en el escaparate patrio se exponen los reyes, su hijo menor y la madre de una niña que heredará reino si el destino no le concede un hermano varón por pura chiripa.
       
    Así se dispuso años atrás sin demasiadas explicaciones al pueblo para saltar por encima de los derechos sucesorios de la infanta Elena, salpicando de paso a su hermana Cristina, en esa Carta Magna que para algunos cuando conviene es palabrita del Niño Jesús, y cuando no se manosea para fijar, por ejemplo, un techo de gasto público. Eran otros tiempos, con España pendiente de menesteres más difíciles que la no discriminación por razón de sexo, y con los niños pequeños y controlados, vestiditos iguales en los jardines de La Zarzuela. Hoy día, la infanta Cristina se ha atrincherado en la hostil Cataluña silbando la célebre stay by your man (permanece junto a tu hombre), con su consorte a la espera de un juicio por presuntas estafas y abusos de posición, el propio rey ha dado unos buenos tropezones cinegéticos, y a la monarquía le conviene soltar lastre, de manera que la hija mayor abandona formalmente las fotos protocolarias y los actos oficiales de primer orden. Otra vez sacrificada, ni el retoño de Abraham tuvo tan mala suerte; el ángel custodio de esta mujer debe andar en ERE. Pero no se apuren, los presupuestos generales del Estado continuarán pagando sus vacaciones en Baqueira, sus guardaespaldas y los exclusivos colegios de los niños.
    “Este día tenía que llegar”, dicen que comentó Elena de Borbón, acostumbrada al arrinconamiento. Una vez más, la familia real marca distancias con las familias de la realidad española, esas que asombran a los sociólogos porque no dejan tirados a sus miembros ni en lo peor de las crisis, evitando el desmoronamiento social que fácilmente derivaría de la gigantesca tasa de paro actual. Esas que reparten bienes y afectos con equidad. Esta monarquía no se parece a mi familia ni a la de ustedes, pero sí cada día más al Titanic en proceso de hundimiento, con su selectivo reparto de los asientos en los botes salvavidas.
     

     

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