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Pilar Garcés


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  • 25
    Octubre
    2012

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    El sí de las niñas

    Un hombre de 40 años descerrajó cuatro tiros de escopeta a una niña de trece en una pedanía albaceteña llamada El Salobral. Ambos “mantenían una relación sentimental”, relataba la locutora de turno sin ápice de asombro, como si hubiera dado con la madre de todas las explicaciones para semejante barbaridad. En su huida, el tipo mató a otro vecino que había salido a fumar a la calle y luego se atrincheró en una caseta. Mientras las fuerzas del orden negociaban con el fugitivo durante dos días, la familia de éste recalcó que su romance con la menor había sido “consentido”, que estaban “enamorados”, y que si los allegados de ella no se hubiesen opuesto, el funesto desenlace no se habría producido. Así se normalizan los espantos de la vida, con buenas palabras. Así se consigue que un activo pederasta pase a ser en el pueblo “el novio de Almudena, la chica de Adela”. En muchos lugares la ablación del clítoris es una “costumbre cultural” y el hecho de que un marido rebane las orejas, los labios y la nariz de su esposa porque imagina que le ha sido infiel se considera “un acto consuetudinario de justicia”. Ojalá la palabrería protegiese a las mujeres de sus depredadores, mas no. Muy por el contrario, como en el caso de El Salobral, los eufemismos que sustentan el machismo los carga el diablo. Igual que las leyes, por lo que se ve.
    Resulta que Almudena empezó a frecuentar a su verdugo a los once años. Once. Piensen en su entorno, en los niños de su círculo de esa edad. ¿Nadie vio nada de malo en que un tío de treinta y muchos tratase como a su novia a una nena de once? Sí, la familia de la chica, que afirma haber denunciado una situación de alto riesgo hasta la extenuación, sin que nadie les hiciera caso. La edad de consentimiento en España para mantener relaciones sexuales está en los 13 años, se aprestan a recordar los cuerpos de seguridad que solo pudieron certificar la muerte de la cría. El agresor, en continuas trifulcas con la madre y la abuela de la chica, quienes con su instinto intacto detectaban el riesgo, iba armado por el pueblo, pero “tenía las licencias en orden”. Ya nos quedamos más tranquilos, ya vemos a quién protege la burocracia. A los 13 años, Almudena ya había cortado con su asesino, que la iba a buscar al colegio para llamarla “puta” y “zorra” delante de sus amigas. Solo por eso, a tan tierna edad merecía gozar de las medidas de amparo establecidas para las víctimas de malos tratos y violencia de género, que una vez más se vislumbran clamorosamente insuficientes. Pero tampoco. La mató su ex, quien luego se suicidó, como hacen las personas mayores.
    Sí, yo también he leído Lolita de Nabokov, un texto mucho más ameno que el último horripilante informe de Save the Children, una de las oenegés de protección a la infancia que ha solicitado que se incremente la edad de consentimiento en España, la más baja de Europa salvo el Vaticano (Alemania e Italia, 14; Francia 15; países nórdicos, 16). Esta entidad y otras como UNICEF reclaman que se contemple en la legislación como un dato relevante la diferencia de edad entre los miembros de la pareja, de modo que no se penalice a un chaval de 14 años que tiene una novieta un año menor, pero sí al tipo de 40 que ronda la guardería o al adulto que se prevale de su fuerza o autoridad. Puro sentido común. Si Almudena hubiera querido conducir la moto de su asesino, la policía lo hubiera impedido. Faltaba un lustro para que Almudena pudiese votar por primera vez y necesitaba el permiso paterno hasta para hacerse un tatuaje, porque no contaba 16. Nada de eso importa ya. La mataron como a una mujer hecha y derecha, como si su tierna edad de consentimiento, su supuesta madurez sexual, hubiese allanado el camino del asesino para apretar el gatillo.
     

     

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