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Pilar Garcés


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  • 27
    Enero
    2014

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    El alcalde ilusionista

    Mateo Isern ha iniciado una escalada de sorpresas, según algunos para reforzar su perfil de aspirante a algo serio en los próximos comicios. Una supone desempolvar la aspiración de Palma a ser declarada Patrimonio de la Humanidad. Otra vez. Qué pereza.

    No hace falta ser la bruja Lola para augurar que a Palma no la harán Patrimonio de la Humanidad en el estado en que se encuentra hoy día, como no hace falta ser la pitonisa Rajoy para coincidir en que, efectivamente, a la infanta Cristina “le va a ir muy bien” en el embrollo de la imputación, con todos los poderes del Estado menos un juez saliendo en su defensa. Seguro que le irá mucho mejor que a la capital balear en una competición rimbombante que se desempolva cada lustro cuando no hay mejor cosa que decir. El alcalde Mateo Isern se sacó este conejo de la chistera en una gala de los Premios Ciutat de Palma convertida en un mitin más del PP, con el aderezo de un poco de música y danza. Alabó la cultura como una forma de resistencia, y se debía referir a la resistencia de los creadores locales a dejarse ver en un sarao como ese que cierra las fiestas de Sant Sebastià, o a la de los defensores de la lengua catalana que directamente la boicotean con un nutrido acto paralelo. Y exigió su despolitización cuando en las cinco primeras filas del Teatre Principal e incluso más allá sólo había alcaldes, ediles, directores generales, exconsellers, asesores y demás habitantes de la bien alimentada casta pública. Estaban todos menos la consellera de Cultura, Joana Maria Camps, que nunca desaprovecha un puente y debió quedarse en casa leyéndose el libro de Belén Esteban, y el president José Ramón Bauzá, quien sólo asiste a actos donde haya un miembro de la familia real y un fotógrafo de ¡Hola!, salvo si se celebran en la Real Academia de la Lengua en honor a una personalidad mallorquina.
       
    El alcalde ilusionista soltó lo de la carrera por ser Patrimonio de la Humanidad ante el mago Joan Monse. Días antes reveló por sorpresa durante la presentación de la Diada Ciclista su oposición a la desmesurada ampliación del Club Náutico del Molinar, y yo le aplaudo con toda mi alma, al igual que otros muchos vecinos de un barrio asustado por la amenaza del hormigón de siempre. Isern parece haber entrado en un frenesí de epatar, sin importarle ese poquito de mala educación que supuso el lunes eclipsar a los pintores, escritores, arquitectos o cineastas que ganaron los galardones más importantes de la ciudad. Parecieron más bien la necesaria comparsa de la gran vedette, y no los protagonistas de la noche. En esta escalada de “grandes anuncios”, el día menos pensado proclama un comprador para ese mostrenco abandonado en la primera línea de la ciudad llamado, por llamarlo algo, Palacio de Congresos. Conviene acelerar ese “gran proyecto”, a no ser que pretenda que el jurado de la UNESCO cuando venga a evaluar la candidatura palmesana lo confunda con un talaiot. Tal vez Joan Monse podría animarse a hacerlo desaparecer con uno de sus trucos.   

    A Palma no le hace falta concurrir a concursos que acabarán costando una pasta gansa en informes, dietas de los comisionados y comidas para gente invitada para ver el atardecer desde la muralla. Con su Paseo Marítimo convertido en un gigantesco aparcamiento pegado a una vía rápida, la falta de inversión en su precioso casco histórico, la urbe vive atenazada por el ruido y la falta de limpieza, tomada por las franquicias, viendo decrecer su litoral virgen y su maravilloso bosque. Con todo, es casi un insulto decirle al lugar más bello del Mediterráneo que tiene que pasar un casting. Palma no necesita demostrar nada. Palma no se presenta a las próximas elecciones.

     

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