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Pilar Garcés


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  • 09
    Junio
    2011

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    Demasiadas muletas para el rey

    Todavía andan los especialistas en encriptación de textos intentando averiguar qué quiso decir el rey hace unos días con eso de "a vosotros lo que os gusta es matarme y ponerme un pino en la tripa". No se trata de una cuestión baladí, pues fue expresada por el mismísimo jefe del Estado de forma voluntaria, haciendo el esfuerzo de dirigirse a los periodistas cara a cara y sin la mediación de un acólito escribiente en la confección de la enigmática frase compuesta. Lo soltó porque le dio la real gana, hablando en plata. Cogió y, con su rodilla averiada y todo, caminó hasta los reporteros y les habló de la muerte y de la conífera con tono de gran cabreo cuando ellos, bien cortesanos, sólo le habían preguntado: "Señor, ¿qué tal está?", tras conocerse que le iban a operar con anestesia local. "Fatal, fatal, ¿no me veis?", contestó él, desabrido. El monarca evidenciaba que le sienta a cuerno quemado que digan que se hace mayor y que por eso ya no va a participar en regatas nunca más, y que empieza a frecuentar los hospitales y las salas de rehabilitación más que los cotos de caza y los circuitos de automovilismo. No le gusta que se hable de su salud en La Noria, vamos. "Voy a defender la fiesta hasta que el cuerpo aguante", había mencionado unos días antes en la Corrida de la Prensa de Las Ventas, como si ver los toros desde la barrera constituyese un desgaste ímprobo. O sea, que don Juan Carlos, en cuanto le dejan, venga a cuento o no, sentencia que está hecho un brazo de mar y que no le demos por jubilado, ni mucho menos por prejubilado.

    ¿Y cuál ha sido la reacción lógica de quienes se ocupan de los asuntos del rey, o sea, su Casa? ¿Tal vez coger el tan querido astado por los cuernos y dar cuatro explicaciones al pueblo? ¿Tal vez dejarlo correr hasta que cualquier bacteria opaque el asunto? Pues no. Rápidamente se prohibió la entrada de los periodistas a los actos y audiencias del rey que solo deban tener cobertura fotográfica. De ese modo, nadie formularía de sopetón cuestiones capciosas como: "Señor, ¿qué tal está?", cuya respuesta puede dejar en evidencia al soberano. Lo que viene siendo matar al mensajero, en pocas palabras. Condenados a no saber más si don Juan Carlos lleva la corbata verde o amarilla, si había hecho un chiste con su proverbial campechanía o si llevaba el semblante adusto porque venía de conocer los datos del paro, sin duda íbamos a añorar los tiempos en que los bufones hablaban sin cortapisas en el salón del trono.

    O sea, que cuando estábamos celebrando ese triunfo que para la libertad de información, de prensa e incluso de expresión supone que Mariano Rajoy haya dado la semana pasada su primera rueda de prensa con preguntas en todo 2011, cogen y nos largan a patadas del palacio real hasta que aprendamos a comportarnos según el protocolo. Hay que ver lo duro que se está poniendo este oficio, donde el pino de don Juan Carlos casi nos cuesta el dejar de ver el bosque que rodea a una institución tan principal de esta democracia de oír, saber y callar. Por suerte, una semana después de la antipática medida censora, el servicio de comunicación de la Casa del Rey se ha disculpado con los periodistas y ha reculado porque creó un problema donde no lo había. Quizás han entrado en razón al ver al jefe paseando tan pancho con sus muletas ergonómicas, dotadas de luz y claxon, un lujo ortopédico, oigan. Con semejantes artilugios de sujeción, nadie necesita un ejército de sostenes alrededor. Salvo que se quiera caer de bocas.

     

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