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Pilar Garcés


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  • 02
    Septiembre
    2013

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    Déjanos en paz, Karl

    El modisto Lagerfeld descalifica a las mujeres por su tamaño. Se dediquen a lo que se dediquen, y triunfen como triunfen, él las juzga solo con la báscula. No concibe que haya personas que viven destinos que no pasan exclusivamente por entrar en ropa ridículamente pequeña.

    Detrás de cada mujer grande hay un modisto que le toca las narices. No les pasa a los hombres, suerte que tienen. Porque claro, se pone un diseñador a repasar los atuendos masculinos y se queda frito del aburrimiento; ensalzar o vilipendiar corbatas carece del más mínimo tirón popular. La filosofía vital bautizada por José Mota como “cansinismo” la encarna a la perfección Karl Lagerfeld, que se lleva una cruzada inmisericorde contra las féminas XXL. Acostumbrado a presentar sus preciosos diseños en adolescentes, modelos extremadamente delgadas y operadas, e incluso en chicos que parecen chicas, el káiser de la moda no soporta las proporciones generosas que la madre naturaleza otorga a ciertas damas, se dediquen o no a lucir palmito. Hay que recordar que él en un momento dado de su vida perdió 36 kilos en 13 meses con el propósito de entrar en los vaqueros de Hedi Slimane, otro artista de la aguja para gentes mini. “La moda es la motivación más saludable para perder peso”, afirma el octogenario creador. No sé, yo le miro a él y no se me representa precisamente la palabra salud, además de ir vestido siempre igual, que parece el líder de Corea del Norte. Hace unos meses llamó “gorda” a la cantante Adele, bella ganadora de nueve premios Grammy, un Globo de Oro y un Oscar, que ocupa el número 36 en la lista de músicos superventas de toda la historia y que estaba embarazada secretamente de su primer hijo mientras era blanco de esos dardos. Ahora le ha tocado a su compatriota Angela Merkel recibir un poco de estopa XXS.
    La canciller alemana  debería “vestir a la medida de sus especiales proporciones”, considera Lagerfeld. “Si me pidiera asesoramiento no le diría que no, pero ella carece de tiempo de venir a París y cuando viene para visitar al presidente Hollande tiene demasiados compromisos”, sigue relatando. Bueno, siempre podría dejar colgada una cumbre, o pasar de alguna reunión de G7, o no asistir a la ópera e ir a probarse trapos en el atelier de Karl. Todos sus votantes lo entenderían. Merkel, que se patea el Tirol en sus vacaciones dando prueba de no estar precisamente en baja forma física, no quiere perder el tiempo con sus atuendos porque lo necesita para cosas de más enjundia, de manera que por la mañana se atiza una de sus docenas de americanas de colores y unos pantalones sin forma y a correr. Que no puede una ajustar las tuercas a los países del sur si va embutida en unos minishorts que cortan la circulación y lleva unos tacones con forma de diábolo.

    Puede que a Lagerfeld, que con estas ideas tan feas fabrica atavíos maravillosos, le asista razón y el mundo fuera mucho mejor si Angela Merkel y Adele lucieran vientres planos. Puede que esté en su derecho de reducir a las mujeres más importantes y activas a la categoría de simples percheros de sus creaciones. Y que asimismo sea el colmo de la buena mercadotecnia el ataque viperino a las eventuales clientas de alto poder adquisitivo: darles un buen rapapolvo para que entren en tus prendas ridículamente pequeñas en lugar de ropa que les siente bien. Con Carla Bruni, que ha estado un año soportando comentarios sobre lo fea y gorda que se quedó después de parir, ha funcionado: la esposa de Nicolas Sarkozy y cantautora ya ha recuperado su talla de maniquí después de una dieta draconiana. Un punto para Karl. Y unos cuantos millones para las firmas sin renombre ni mala leche que se llevan al resto de las compradoras.

     

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