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Pilar Garcés


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  • 07
    Julio
    2014

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    Cristina VI en el banquillo

    Una reo de la justicia ocupa un buen lugar en la línea de sucesión al trono. Toma renovación para un tiempo nuevo. Apartada de la agenda oficial de la casa real, si en la infanta no se confía para inaugurar una exposición, menos todavía se explica que conserve los derechos dinásticos.

    Pues ya está. La mujer que ocupa la sexta posición en la sucesión a la corona renovada para unos nuevos tiempos tiene plaza en el banquillo de los acusados. Delitos de fraude fiscal y blanqueo de capitales, una semana antes de que cientos de miles de españoles vean acceder a sus cuentas al ávido ministro Montoro para el primer pago del impuesto sobre la renta de este año. Felipe VI lo sabía cuando hablaba de ejemplaridad en la institución que encarna, en el reciente discurso de proclamación ante las Cortes. Pero ha esperado, como el resto de nosotros, lo inevitable, y ahora le tocaría mover ficha si desea representar algo más que la efigie de los próximos sellos. Hay muchas maneras de entrar en las enciclopedias, y Cristina de Borbón lo hará como el primer miembro de una dinastía reinante juzgada por serios delitos contra el dinero público. No basta con eliminar a la hermana del rey de la web de la Zarzuela, de la sala regia del Museo de Cera y de la lista de invitados a la primera comunión de la princesa Leonor. Se espera una acción más contundente del joven monarca que ha aguardado su turno durante 46 años, y recibe en seis días el primer revolcón serio. Para nosotros, majestad, sería un alivio que la pareja que rendirá cuentas por actuar contra el bien común dejara de llevar en su dignidad el nombre de Palma de Mallorca. Eso para empezar.

    Acostumbramos a leer entre líneas lo que se cuece en palacio. Los portavoces autorizados llevan meses diciendo que Felipe y Letizia han cortado todo vínculo con los Urdangarin. Sin embargo, la menor de las hijas del rey Juan Carlos, viajó el jueves pasado a La Zarzuela desde su exilio en Ginebra para festejar en privado la entronización de su hermano y días antes dijo a los periodistas que había hablado con él por teléfono. O sea que el valiente Juez Castro ha procesado a una española que duerme en palacio con asiduidad, incluso ahora, y que goza de hilo directo con la primera autoridad del Estado. Otra reina, Sofía, voló el lunes a Suiza para darle apoyo en estos duros momentos. A las ciento cincuenta horas del reinado de Felipe VI ya se evidencia el inmenso error que supone que los reyes salientes conserven el magno título después de la abdicación. Resulta confuso e inconveniente, crea interferencias indeseables y resta autoridad a los ejercientes. ¿Qué rey no dirige la palabra a la hoy reo de la justicia Cristina? ¿Qué reina no la abandona en su desdicha?

    La primera difícil encrucijada del monarca recién estrenado se produce con el secretario de sus hermanas, Carlos García Revenga, (desimputado por Castro, quien enfatiza su "apoyo estratégico" a la trama) todavía en nómina de su casa. El escollo también es coetáneo del atropellado proceso de blindaje judicial a favor de su padre para evitarle sustos como el de Cristina, e incluso peores. Son situaciones turbias que no se taparán con parlamentos sosos, baños de masas en colegios o visitas al Vaticano, y que pueden contribuir al ya enorme descrédito de la corona ante la ciudadanía. La renuncia de la infanta procesada a sus derechos dinásticos no puede esperar, por respeto a un pueblo que se comporta de manera ejemplar y empieza a atragantarse con ciertas ruedas de molino. Si se la aparta de la agenda oficial de la casa real, cómo no alejarla de la sucesión. Y que no se diga que no quiere, que es imposible. También se consideraba una quimera la abdicación de Juan Carlos I y ocurrió. Parece que hace una eternidad.

     

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