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Pilar Garcés


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  • 07
    Julio
    2014

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    Cañete, un tío listo (y rico)

    Entró tarde en campaña electoral, y con pocas ganas. Miguel Arias Cañete ha enseñado el pelo de la dehesa y condicionado el debate previo a los comicios, pero ha tenido la virtud de que no se hable de su extensísimo patrimonio. Y el de su familia.

    Del cabeza de lista del Partido Popular a las próximas elecciones europeas sabíamos un par de cosas. Una es que recomendó al pueblo que no deje de comerse un yogur por estar caducado. Fue tan chocante, que en el programa de televisión El Hormiguero Pablo Motos retó a Miguel Arias Cañete a elegir uno de estos productos lácteos pasados de fecha entre poco y mucho tiempo (hasta 70 días) y jalárselo allí mismo. El muy cobarde cogió uno de los menos rancios y se lo liquidó con unos modales muy poco protocolarios, algo que resultó tan cómico que contribuyó a disimular la sabia elección del por entonces ministro de Alimentación (Agricultura y Medio Ambiente). "He aquí un apóstol del ´haced lo que yo digo, mas no lo que yo hago´", pensé, "y un listo". El segundo dato relevante sobre Cañete vino del BOE, el día en que se publicó el patrimonio de los miembros del gobierno de Mariano Rajoy y resultó ser el ministro más rico. Declaró 1,9 millones de euros en bienes inmuebles y 637.344 euros en otro tipo de posesiones. Cuatro viviendas, una parcela, dos plazas de garaje, un local, al cincuenta por ciento, seis coches (colecciona modelos antiguos) y una moto. Así, chocó bastante que revelase que se ducha con el agua fría que sale del grifo antes de la caliente para ahorrar energía. Extraño, máxime cuando su familia posee una petrolera cuya presidencia abandonó al jurar su cargo y su hermano hoy jubilado era un mandamás de la nuclear. También es raro que el hombre que se ha batido el cobre por los productos del cerdo ibérico y la protección de la tauromaquia (está casado con una Domecq), un tío futbolero y hedonista, aceptase de buen grado un destierro a ese aburrimiento llamado Europa. Aunque, dadas sus recurrentes abstenciones en los consejos de ministros por conflictos con los intereses propios y de sus allegados, tal vez Rajoy pensó que su ausencia no iba a notarse.

    La maraña de empresas en las que antes participaba Cañete, ahora en manos de sus cercanos, necesitaría un power point bien denso para desentrañarla y resultaría un tema ininteligible para mentes menos privilegiadas que la suya. Por eso le ha venido bien el escándalo de sus declaraciones contra su rival Elena Valenciano, a quien en su único debate perdonó la vida; "si haces un abuso de superioridad intelectual, parece que eres un machista y estás acorralando a una mujer indefensa". El infumable comentario le ha permitido borrarse del mapa en casi toda la exigua campaña que le preparó su partido, para que no le pregunten por la compatibilidad de su boyante economía doméstica con un eventual cargo de comisario europeo. Siendo ministro le interrogaron sobre si preferiría a Esperanza Aguirre o a Ana Botella como candidata al ayuntamiento de Madrid, y respondió que le daba igual, "que pongan a la más guapa". De manera que no se esperaba gran cosa de él en materia de respeto a las mujeres. Ayer, seis días después de su pifia cavernícola, pidió disculpas con la boca pequeña a la mitad del censo, incluidas sus jefas Soraya Sáenz de Santamaría y Dolores de Cospedal, que no mandan tanto como se creen y se tienen que aguantar si un señor de su partido expresa lo que todos ellos piensan.

    Las excusas caducadas de Cañete, su condescendencia, su desganada campaña electoral, su pose anticuada de criatura que siempre está en plena digestión mientras en sus cuentas los euros se multiplican milagrosamente. Mejor mandarle lejos, ¿no? Ignoro si a ese hombre tan listo y sobre todo tan rico se le hace un favor votándole o dejándole de votar. Es que no me alcanza el intelecto.

     

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