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Pilar Garcés


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  • 14
    Junio
    2012

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    Cameron, Rajoy y el ‘chillaxing’

    Hace tres semanas, el primer ministro británico y su esposa comieron y se tomaron unas pintas en el pub The Plough Inn en Cadsden, cerca de su residencia campestre de Chequers, en compañía de sus tres hijos y de otras dos familias de amigos. A la hora de irse, David Cameron montó en un coche con sus escoltas y su mujer Samantha en otro con los niños y regresaron a casa, donde advirtieron que se habían olvidado a su hija mayor, Nancy, en el restaurante, creyendo cada uno que iba con el otro. La pequeña de ocho años se había metido en el baño cuando ellos abandonaban el lugar, y ni los progenitores ni su amplio servicio de seguridad se dieron cuenta de que faltaba un miembro de la familia. Los camareros cuidaron de la cría hasta que su madre, angustiada, pasó a recogerla un cuarto de hora después. Podría ser una anécdota. De hecho, hace un mes otra inglesa de bandera, Victoria Beckham, hacía caso a su publicista y en un intento de humanizarse como cabeza de familia numerosa relataba cómo se olvidó a su hijo mayor en la cocina y se percató de ello al llegar a la escuela, donde debía depositarlo, tan de cráneo va ella por la vida. Lo que pasa es que por suerte nadie le ha dado a la estirada ex Spice Girl la llave del número 10 de Downing Street y del tesoro público, acceso a los secretos de Estado y la última palabra en los consejos de ministros, y a Cameron sí. Si te olvidas a tu primogénita en un bar y tienes unos guardaespaldas que no saben contar hasta tres (niños), ¿qué podemos esperar de ti en las reuniones del G8?, han venido a reprochar los ciudadanos británicos estupefactos.
       
    La prensa del Reino Unido le ha dado muchísimo cuartelillo a una noticia que sin duda en España cualquier director de comunicación habría despachado con un “eso es un asunto privado”, como se ha hecho con la vida loca pagada por el contribuyente del presidente del Tribunal Supremo Carlos Dívar, o con la endeudada vinoteca del president de Balears, José Ramón Bauzá. En los países anglosajones no se andan con miramientos y se somete a escrutinio a los servidores públicos las 24 horas del día porque para eso lo son, servidores y públicos. A David Cameron hace tiempo que los medios le afean su afición al chillaxing, neologismo que significa ‘relajarse por completo los fines de semana’, como si del trabajo de primer ministro se pudiese desconectar dos días enteros. Le critican que, llueva, nieve o caigan bombas sobre el norte de África, no perdone su escapada a la granja familiar, donde se bebe tres vasos de vino en los almuerzos y se echa una siesta sagrada, juega sin parar al tenis contra una máquina llamada The Clegger, se pasa horas practicando videojuegos y todos los domingos por la tarde acude un rato largo al pub donde perdió a su hija.
    También a Mariano Rajoy trataron de fastidiarle el chillaxing sabático con la operación de salvamento de la banca española, pero no lo lograron. De sus aficiones sabemos poco, como corresponde a la opacidad de que hace gala el personaje. Los analistas políticos le buscan la vuelta al prolongado silencio del líder popular en los meses que lleva en el cargo, que si es una estrategia, que si se esconde por miedo, que si una críptica forma de ser, pero para mí que se trata de pura y simple vagancia. El descanso como meta, con algún que otro paréntesis para ver el fútbol, pues como dijo el propio presidente español al día siguiente del rescate de nuestro sistema financiero, la Roja “bien merece” el esfuerzo. 
     

     

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