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Pilar Garcés


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  • 24
    Mayo
    2012

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    Bodas de oro y bodas de bronce

    Hay quien se molesta por el debate sucesorio, y lo tilda de inoportuno y amarillista. El de la jefatura del Estado, se sobreentiende, que a Mariano Rajoy no le arrienda nadie la ganancia. Algunos creen que con las cosas de comer tan revueltas es poco conveniente conversar democráticamente sobre la posibilidad de una abdicación de don Juan Carlos, por lo visto las primas de riesgo son malas y desconcertantes y además podrían cebarse con el cotilleo. El trono patrio es cada día más ergonómico para adaptarse a las necesidades de su ocupante, y España hace como que no se entera hasta que llega un republicano ingenioso como el gobernador de Florida, Rick Scott, y nos lo vuelve a recordar todo al emitir un chistecillo sobre la última cacería del monarca, pronunciando la palabra mágica ‘Botsuana’ alto y claro delante de cámaras y fotógrafos. “Yo he montado elefantes, pero nunca he disparado sobre ellos”, apunta con una clamorosa falta de diplomacia. Tal vez bromeaba sobre el paquidermo símbolo de su partido, pues viniendo del país creador de la Asociación Nacional de Rifle decir que no se aprieta el gatillo supone mucho ufanarse y probablemente perder un buen puñado de votos. Pero ahí se queda el rey, con cara de penitencia. Que pase el siguiente.
       
    El siguiente es el príncipe de Asturias, quien a la misma hora visita en Málaga junto a su mujer un programa de empleo propiciado por Cáritas gracias al aporte económico de la herencia que les dejó el millonario menorquín Juan Ignacio Balada. Allí la pareja observa cómo se forman para acceder a un empleo los jóvenes en situación de riesgo social, se prodiga algunos arrumacos que hace tiempo que no se veían públicamente entre ambos, y que son oportunamente captados también por las cámaras. Cuando don Felipe toma la palabra, recuerda que ese día es el de su octavo aniversario de bodas, un día muy especial porque Letizia y él asumieron un “compromiso personal e institucional”. A eso le llamo yo no dar puntada sin hebra. No hace falta haber estudiado criptografía en el Kremlin para hacer una interpretación comparativa de dichas felices bodas de bronce de los aspirantes y las de oro de sus padres, que acontecieron la semana pasada sin pena ni gloria, y sin ninguna celebración ni pública ni privada, ni oficial ni oficiosa pese a encontrarse por pura casualidad en el palacio de la Zarzuela toda la familia real menos el imputado. Son los mismos príncipes quienes desean evidenciar de modo clarísimo las diferencias con sus predecesores. En lo profesional y en lo personal.
       
    Así que por lo menos existen dos españoles a quienes no perturba en absoluto el debate sucesorio de la jefatura del Estado, es más lo anhelan y lo alientan cada vez que pueden. Un asunto que de momento se dirime solo en las revistas del corazón, los programas de sobremesa y las redes sociales, pero que más pronto que tarde tendrá que saltar a los demás ruedos, tan cortesanos que están esperando a que suene el pasodoble de rigor. Tal vez no debería tener tanto miedo Esperanza Aguirre por las pitadas que pueda escuchar el príncipe en la final de la Copa de fútbol que lleva el nombre de su padre, catalanes contra vascos. A lo mejor no se espanta en el grado que sospecha la omnipresente y aristocrática presidenta. Los jóvenes llegan pisando fuerte y con su propio calendario, cambiando algo para que todo siga igual, qué le vamos a hacer.

     

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