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Pilar Garcés


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  • 05
    Mayo
    2014

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    Banderas, cosa seria

    Los estadounidenses, que no son una gente especialmente antipatriota, no consideran un delito quemar su bandera. En Mallorca, dos jóvenes gamberros que descolgaron la española de su mástil en Palmanova pueden ser acusados de hurto y daños.

    Dos menores han sido detenidos en Calvià por llevarse la enorme bandera española que preside la rotonda de entrada a Palmanova. Lamentablemente, no se les puede aplicar la ley de Símbolos de José Ramón Bauzá porque dicho pastiche normativo se encuentra congelado a la espera de tiempos mejores para su aprobación, esto es, se le dará luz verde en algún momento en que no haya elecciones inminentes, alcaldes en pie de guerra por cualquier tema relativo a la idiosincrasia o vetustos miembros de los consejos consultivos que pongan en duda su constitucionalidad. No por ello se van a ir los chavales de rositas. En esta comunidad autónoma en que los jueces pueden esperar sentados a que sus sentencias contra políticos y otros personajes copetudos se ejecuten si hay una ínfima posibilidad de indulto, la justicia tiende a caer con todo su peso sobre la chiquillería. Así, los jóvenes que ocuparon la conselleria de Educación en 2012 en protesta por los recortes se enfrentan hasta a un año y medio de cárcel. Y ahora los de la bandera pueden ser acusados de un supuesto delito de daños y otro de hurto de la enseña nacional. Un poco sobreactuada la respuesta a una gamberrada, todo muy acorde con los tiempos.

    Siempre me ha parecido que esa bandera de tamaño desproporcionado en el acceso a Palmanova distrae a los conductores y posee ese punto ostentoso que no le cuadra nada a Mallorca, y menos en un memorial a los guardias civiles asesinados por ETA en 2009. Muy del gusto del por entonces alcalde del municipio, Carlos Delgado, que fue quien la encargó. De manera que por mí no se hubieran tenido que dar tanta prisa en reintegrarla a su lugar, mejor tomarse su tiempo para repensar el asunto y darle un par de vueltas a la estética de un conjunto manifiestamente mejorable. No sé si se puede decir esto sin menoscabo del Código Penal, que están los ánimos algo crispados. Recuerdo que hace unos años, el ayuntamiento de Madrid decidió convocar un homenaje mensual a la bandera española en la plaza de Colón, aprovechando que se arriaba para limpiarla, y la gente se le echó encima al primer edil José María Álvarez del Manzano por lo exagerado, patriotero e innecesario del tema. Hoy no pasaría. Las enseñas se han sacralizado de forma directamente proporcional al desapego que les muestra la gente.
       
    Aprovechando que el fenómeno Ocho apellidos vascos ha contribuido a un consenso nacional sobre la pertinencia de bromear sobre nuestras esencias patrias, incluido lo más sagrado para algunos, me he acordado de uno de mis gags preferidos del programa Vaya semanita de la televisión autonómica vasca, cuyo guionista es el mismo del filme español récord de espectadores en toda la historia. En él, una familia no recuerdo si de Barakaldo lamentaba la ruina que les traía el proceso de paz porque se dedicaban a vender banderas españolas para quemarlas en las manifestaciones de la kale borroka, y claro, la paz está muy bien pero se les había terminado el negocio. “A ver qué hacemos ahora con todo este material en el almacén, qué salida va a tener. Alguna respuesta nos tendrá que dar la administración”.

     

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