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Pilar Garcés


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  • 14
    Septiembre
    2011

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    Aplausos para Ortega Cano

    A veces las esencias patrias van en un lote. Ahora mismo recuerdo la fotografía de la boda de la hija de Rocío Jurado y su pie explicativo correspondiente: “La tonadillera, el torero, el guardia civil y la novia”. Qué tiempos aquellos en que los tópicos hispánicos se llevaban tan bien. El joven Antonio David Flores dejó el cuerpo con cierto escándalo, la gran artista falleció, el matador José Ortega Cano se jubiló y el matrimonio de Rociíto Carrasco se rompió. El pack se deshizo con mucho ruido y mucho morbo, y a sus protagonistas les quedan todos los deplorables concursos de telerrealidad que existen para reinventarse y seguir presentes en nuestras vidas. No se han adaptado ni se adaptarán a un devenir convencional, anónimo, no son como nosotros. O eso pretenden. Ellos quieren ganar y perder sus pleitos en los medios de comunicación, un enorme jurado popular alimentado por el griterío de los tertulianos donde las lágrimas de cocodrilo pesan como evidencias científicas, y la justicia acaba por darles la razón o se aviene a minimizar las condenas. Si unos se quejan de la pena del telediario, otros recibirán la absolución de Sálvame.

    Cuando Ortega Cano abandonó hace un mes el hospital, donde se recuperaba de las heridas que le causó un accidente de coche en el que murió otro hombre, un gentío le aplaudía. ¿Por qué? “Por valiente”, dijo una señora en la tele. “Por buena persona”, agregó otra. Resulta que el extorero circulaba al volante de un todo terreno, mientras que el otro conductor, un padre de dos hijos de 48 años ajeno al famoseo llamado Carlos Parra, iba en un utilitario. Resulta que Ortega Cano invadió el carril contrario. Resulta que Carlos Parra transitaba a 50 kilómetros por hora y Ortega Cano a más de 125. Resulta que el fallecido no dio positivo en ningún tipo de sustancia tóxica, ni alcohol ni drogas, mientras que el viudo de Rocío Jurado triplicaba la tasa de alcohol en sangre. Todo lo antedicho está reflejado en el informe de la Guardia Civil, cuya conclusión es que Ortega Cano se despistó a causa de haber bebido y originó el choque frontal. Acreditan los agentes que visitó tres bares antes de subir a su vehículo y que hay testigos de su conducción previa a gran velocidad. Insisto, ¿por qué le aplaudían docenas de ciudadanos a las puertas del hospital de donde, él sí, pudo salir?

    Qué mala suerte, toparte con un inocente justo cuando tienes un mal día. O una mala temporada, con sus correspondientes malas costumbres. “Juro por mis hijos que sólo me mojé los labios con cava”, afirmó el exdiestro tantas veces superviviente. Mientras tanto, su pléyade de abogados se afana por desmontar la investigación de la Guardia Civil y dejar la credibilidad del cuerpo a la altura de la de Antonio David; cada cual tiene su trabajo y se defiende lo mejor que puede. Los muertos en accidentes de tráfico motivados por imprudencias temerarias, lo sabemos por Farruquito, se pagan en un visto y no visto, o sea, no valen como los del terrorismo o el crimen organizado. “Que sea lo que Dios quiera”, declaró el imputado Ortega Cano a la salida del juzgado, mientras unos pocos le llamaban “asesino” y los más volvían a darle apoyo y aplausos. Una frase que no conviene olvidar al ponernos al volante, pues en cualquier momento puede venir de frente alguien con un buen coche, letrados caros y un inquietante e inmerecido prestigio social.

     

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