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Pilar Garcés


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  • 10
    Mayo
    2012

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    Apagón de micrófonos

    El domingo pasado hubo sonadas elecciones en Francia y Grecia, pero también unas municipales en Italia. El corresponsal de la cadena Ser relató con maestría cómo en un pueblo de la provincia de Catanzaro, un candidato a alcalde se subió al estrado para celebrar su discurso de final de campaña y en la plaza no había nadie. Absolutamente nadie. Vacío. Cero absoluto. Ni un par de orejas. El aspirante no se arredró, se revistió de la solemnidad que adorna a su gremio y se dispuso a dar su mitin al aire. El periodista metió un corte de voz en el que se podía escuchar a un hombre hablando a gritos, con convencimiento y pasión. También con mucho eco. La crónica continuaba exponiendo cómo los vecinos, asqueados por no poder librarse ni por esas de la perorata, le boicotearon el sistema de sonido, desenchufándole los altavoces. El candidato tampoco entonces se amilanó, volvió a conectarlos con sus propias manos y siguió con su discurso hasta que lo consideró finalizado. Me he quedado con las ganas de saber si el tipo ganó las elecciones, pero me interesa mucho la reacción de sus paisanos. Tengo que recurrir a toda la teoría política y la conciencia del alto coste histórico de la democracia para no empatizar con ellos. Que se callen, por favor. Por lo menos, que no les escuchemos. Dejadnos en paz.
       
    En momentos críticos las personas ofrecen la medida de su autoridad moral. Si cogemos la agenda del president de Balears de las últimas dos semanas y calculamos el tiempo que ha pasado en las islas (viajes a Suiza y Bélgica, de mitin en Madrid, de reuniones en Madrid), y de ahí descontamos los lapsos dedicados a dormir, comer y a sus actividades particulares, seguro que nos pasmaremos de las pocas horas de estudio, concentración y análisis que hacen falta para cerrar dos hospitales con siglos de actividad. Dos joyas sociales. Si esto es lo que sale de una tormenta de ideas protagonizada por las mejores cabezas de la comunidad, como definió el propio José Ramón Bauzá a su Ejecutivo, apaga y vámonos. Asistimos al triste espectáculo de un farmacéutico y una doctora defendiendo la desaparición de dos recursos indispensables para la atención sociosanitaria, que es el reto de salud más importante aquí y en el resto de España por algo tan claro como el envejecimiento de la población. No le tienen apego a su primera vocación, porque les basta la segunda, el cargo. Mientras siguen metiendo nuestro dinero en el Palacio de Congresos y se pasean escoltados por las ferias de ganado, mandan a la calle a médicos y personal sanitario público. Y luego en el Parlament lo explican con empalago y autosatisfacción porque hablan para su propia casta en la oposición, no para la gente, y entre ellos se escuchan.

    Según la última encuesta del CIS, a casi tres cuartas partes de los españoles no les inspira ninguna confianza el escondido presidente Mariano Rajoy y todavía son más los desafectos con su contrincante socialista Rubalcaba. No sé si estos índices de fe en la cosa pública resultan normales, no soy socióloga, pero miro a Francia y Grecia y observo cómo aumentan los apoyos populares a los grupos de asalto disfrazados de partidos ultraconservadores. Un conseller que contrata a su novia como asesora con el esquilmado presupuesto público y la destituye sólo por el escándalo (por estética, no por ética) mientras su jefe defiende que sobran oncólogos y enfermeras primero produce un desapego que como mínimo le apagarías el micrófono mientras está hablando. Y de ahí a votar a cualquier cosa que sea la antítesis de esa gente que aplaude desde el escaño, incluidos los rapados con esvásticas en la ropa, no hay un paso tan grande.
     

     

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