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Pilar Garcés


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  • 13
    Noviembre
    2013

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    343 bastardos, por lo menos

    Un manifiesto firmado por intelectuales y artistas en Francia reclama el “derecho” a apropiarse del cuerpo de otra persona a cambio de dinero. Denominan “vender sus encantos” a la prostitución, una forma de esclavitud y de explotación de las mujeres más pobres.

    Un grupo de intelectuales franceses acaba de causar cierto escándalo por firmar un manifiesto en el que defiende la prostitución, en contra de la nueva ley que proyecta el gobierno de François Hollande, y que pronto debatirá el Parlamento galo, en la que se propone penalizar a los clientes con multas de hasta 3.000 euros. ¡No toques a mi puta! se llama la declaración respaldada por los autodenominados 343 bastardos (en francés, salauds), una referencia que pretende ofender a las feministas no solo en el fondo sino también en las formas. En 1971, la pensadora y escritora Simone de Beauvoir publicó el manifiesto de las 343 guarras (salopes, en francés) en el que mujeres relevantes del país vecino (Catherine Deneuve, Jeanne Moreau...) se autoinculpaban por haber abortado, con riesgo de acabar en la cárcel porque hacerlo era un delito. Cuatro décadas después algunos varones alzan la voz para enmendar la plana a quienes defendieron aquel “mi cuerpo es mío”, cambiándolo por “tu cuerpo es mío porque lo puedo pagar”, como bien ha argumentado la ministra de Igualdad de Hollande, Najat Vallaud- Belkacem.

    ¿343 bastardos? Pocos me parecen. Dicen los 343 (el novelista Frédéric Beigbeder, el periodista Eric Zemmour o Richard Malka, abogado de Dominique Strauss-Kahn, entre otros) frases bonitas como “nos gusta la libertad, la literatura y la intimidad. Cuando el Estado se ocupa de nuestros culos, las tres están en peligro”. No parecen conceptos que tengan demasiado que ver con el tráfico de personas, la explotación de mujeres pobres, los malos tratos, la degradación femenina y otras circunstancias menos retóricas pero más verdaderas que van asociadas a la prostitución real. No la de Pretty Woman o Irma la Dulce, sino la de la carretera y el cuartucho, y las palizas y las deudas que nunca se terminan de pagar, las de las menores en venta y las torturas. “Consideramos que cada uno tiene derecho a vender libremente sus encantos... y a que le guste”. Pocas veces se habrá explicado la prostitución de una manera más infantiloide y superficial. Pero claro, están hablando desde el punto de vista del cliente: la libertad del cliente, su intimidad y, de ahí su literatura paupérrima. ‘Tenemos derecho a comprar a una mujer’, vienen a sostener. He leído reivindicaciones más sofisticadas en las paredes de algún retrete, y francamente, nadie pretendía incluirlas en la Declaración Universal de Derechos Humanos. “Homosexuales, heterosexuales, libertinos, monógamos, fieles o mujeriegos, todos somos hombres. Esto no nos convierte en los seres frustrados, perversos o psicópatas que describen las partidarias de una represión camuflada en una presunta lucha feminista”. Mi deseo, mi señora, mi puta y yo.

    Cuánto daño ha hecho llamar ‘oficio’ al oficio más viejo del mundo, que es una forma de esclavitud y no otra cosa. La banalización de un tipo tan determinado de violencia contra las mujeres trae consecuencias como estas: manifiestos machistas en lo que se vuelve a reclamar la posesión de las mujeres, como si no llevaran décadas emancipadas, o peticiones de que se considere la prostitución como una actividad económica. Nada nuevo mientras el abolicionismo, la única postura digna, sigue lento su camino. Respecto a los 343 intelectuales, defendamos en aras de la libertad, su privilegio de pensar con la parte del cuerpo que deseen. Incluida esa que tantísimo parece preocuparles.

    Mira aquí todas la ilustraciones de Elisa Martínez para El Desliz

     

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