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Pilar Garcés


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  • 17
    Marzo
    2014

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    11-M, amén a todo

    El acto central del homenaje a las víctimas de los atentados contra los trenes de Madrid fue un funeral en el que el tremendo cardenal Rouco Varela no pecó precisamente de conciliador. Una vez más digo no a las misas de Estado, pues España es un país laico por ley, y socialmente diverso.

    Y al final, el décimo aniversario de la masacre del 11-M habló con una sola voz y fue la de la ultraderecha encarnada en el cardenal Antonio María Rouco Varela. No debemos cansarnos de repetirles a quienes se dejarían despellejar por defender la Constitución que esto que pateamos a diario es un Estado laico, según contempla dicha Carta Magna. Las misas son para las celebraciones particulares, no para los actos institucionales del más alto nivel como el de ayer, donde se recordaba a personas asesinadas y heridas pertenecientes a credos diversos, o que incluso ejercían su libertad de no tener ninguno. Me gustó mucho una sentencia que leí en Twitter y que decía que dentro de unos meses se podrá abortar en Cuéntame, pero no en España. En efecto, vale la pena disfrutar del país ficticio de los Alcántara, que en estos momentos está desterrando con alegría los palios, y olvidar el No-Do en color del martes pasado, con el infausto Rouco lanzando sobre las víctimas y sus familias su diatriba conspiranoica, porque él sí que sabe quiénes son los malos, faltaría otra. ¿No pudieron encontrar otro hombre de Dios, uno que pueda al menos transmitir ternura, compasión y cariño? Un sacerdote de barrio, de Vallecas o de El Pozo, donde vivían los fallecidos. ¿Es el implacable Rouco la persona adecuada para ejercer de maestro de ceremonias de un homenaje unitario, preparado para cerrar heridas? Como era su sarao, y se sabe que a la Iglesia le das un dedo y te coge el brazo, no fueron invitados los ex presidentes del Gobierno José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero, pero sí 40 obispos. Un colofón digno para un aniversario muy triste, en el que no se habla de la Guerra de Irak, ni se pide perdón por mentir desde los poderes públicos a los supervivientes de la tragedia con el único fin de buscar réditos políticos.   

    Pero a Dios rogando, y con el mazo dando. De la catedral se fue corriendo el prelado, que acaba de abandonar la presidencia de la Conferencia Episcopal, a pronunciar otro sermón ante los medios de comunicación. Arreó mandobles contra el bajo nivel de los políticos, criticó a la sociedad civil y clamó contra los ataques a la unidad de España. Yo, que me he leído la Biblia unas cuantas veces, no he visto ningún mandamiento referente a las autonomías, ni siquiera en el capítulo del Apocalipsis, pero quiero darle la razón en lo que se refiere a la baja talla de nuestros próceres elegidos en democracia. Por su culpa, y en concreto por la falta de actitud y presencia del presidente Mariano Rajoy, aparecen gentes como Rouco para llenar los huecos. Gentes cuyas voces deberían resonar en los púlpitos para quienes voluntariamente acuden a escucharles, pero que se oyen a todas horas y en todas las tribunas de la sociedad. Salvo en Cuéntame, que discurre por aquellos tiempos recientes en casi fuimos modernos, evolucionados y europeos, y en el aire se respiraba alergia a la moralina conservadora.
       
    De todas maneras, mi imagen favorita del funeral de Estado del 11-M volvió a ser la de monseñor Rouco Varela, con su mitra y su báculo, a las puertas de La Almudena agachando la cerviz al paso de las alegres divorciadas Letizia Ortiz y Elena de Borbón. Hete ahí la gran lección de hipocresía de la jornada. Horas después se despachaba el cardenal ante los micrófonos con rabia contra las técnicas de reproducción asistida, el aborto, la eutanasia y la falta de protección a la familia tradicional. No mencionó la pederastia, qué oportunidad perdida. Pues vale don Antonio María, amén a todo. Y muy, muy, muy feliz jubilación.

    Mira aquí todas la ilustraciones de Elisa Martínez para El Desliz

     

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