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Blog De Grastronomía - Antonio Jesús  Gras

Antonio Jesús Gras

Cocinero y profesor de cocina. Antiguo pirata, con deseos de encontrar tiempo suficiente para poder escribir y leer todo lo que quisiera. Veneciano de adopción. Canario de orígen. Sueña con retirarse en la isla de El Hierro.

Sobre este blog de Mallorca

Noticias, recetas, libros, acontecimientos, catas varias, vinos, comentarios personales sobre el bien y el mal de algunos aspectos de la gastronomía que me preocupan. Siempre desde un óptica muy mía. Sin pelos en la lengua.


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  • 04
    Marzo
    2011

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    PASEANDO POR EL MERCADO CENTRAL DE VALENCIA


     

     

    Un puesto vende platos de arroz a tres euros, pollos asados a siete. Paellas para todas las circunstancias y familias, para el soltero hasta el pueblo empeñado en ser encantador. Los fartons (unos bizcochos en forma de lápiz que han perdido la línea) junto a las ensaimadas y magdalenas en el puesto de horchatas.

    Antes de entrar al mercado Central me giro para dar la última ojeada a la Lonja, donde en uno de sus salones, sin otra expoliación histórico, un metal cobrizo señala el día que cierta alcaldesa tuvo a bien donar dineros públicos para la restauración del artesonado. Queden los políticos, sean olvidados los artistas, artesanos y otros trabajadores de la piedra.

    Desde la puerta principal la primera visión de mercado es de ebullición acomodada, confusión ordenada, atemporalidad estacional. Miles de personas venden, miles de personas miran, algunos centenares de personas compran. Y la prueba irrefutable de que el mercado se ha convertido en un lugar de peregrinación teledirigida no es la de encontrarnos guías con señalador visual iluminando el techo seguido por dócil grupo de encantadores ancianitos trotando tras sus pasos, sino los carteles en japonés que hablan del precio de la mojama. La banda, que deja su festiva música que anuncia cremás y otras chirigotas de fuego, pone banda sonora exagerada a lo exagerado. El Mercado central de Valencia es un canto feliz de que el barroco es sostenible en el Levante.

     

    Pescados en la zona de pescados, aunque haya alguna invasión de vísceras sanguinarias y rojizas. Carnes en la zona de carnes, aunque hayan corderos que muertos parezcan animales de un tamaño sorprendente. Y entre las frutas, entre el orden, entre el color y los rabos vivos de mandarinas y naranjas sanguinas con certificado de calida, entre las notas exóticas de guanábanas y peladores mecanizados de habas, pues que venden pan y aroma de pan, empanadillas de todos los tamaños posibles y rosquilletas saladas donde quesos o sobrasadas ayudan a saborizar la harina.

     

    Quien vende vino vende preferiblemente la tierra, porque el mercado debe ser el escaparate exagerado de lo que la tierra, el mar o la montaña da. Puede ser que vengan embutidos de tierras lejanas, aromas y hierbas frescas que han captado el olor del mundo y lo regalan desde sus hojas. Pueden ser tantas cosas que conviven infinitas en un mercado que si las leyes del mundo se rigiesen por ésta ley de oferta estacional, el color tendría un emporio importante en las directrices mundiales, el sabor ocuparía salones donde la jurisprudencia quedara marcada por la autenticidad. Y el ser humano habría aprendido que siempre hay que regatear, porque a esta hora del sábado, dejar en los puestos algunas de las joyas marinas expuestas que sólo se paga con dejar de disfrutar.

    Quien quiera venir al mercado central de Valencia que lo haga sin reloj, sin citas posteriores, que salga hasta los muchos bares que lo rodea para reponer fuerzas, que desayuna una, dos o las veces que crea necesario, que intercambio almuerzos. Pero que viva la experiencia hasta el final. No se le borrará nunca, y ese recuerdo será de una riqueza tan cavafiana, que creerá, a partir de ese momento, que los mercados de cualquier lugar son el mercado. Itaca está en la vida, y la vida siempre se encuentra impregnada de las piezas que brillan en esa catedral del disfrute que se llamen mercado/mercat.

     

     

     

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