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Blog De Grastronomía - Antonio Jesús  Gras

Antonio Jesús Gras

Cocinero y profesor de cocina. Antiguo pirata, con deseos de encontrar tiempo suficiente para poder escribir y leer todo lo que quisiera. Veneciano de adopción. Canario de orígen. Sueña con retirarse en la isla de El Hierro.

Sobre este blog de Mallorca

Noticias, recetas, libros, acontecimientos, catas varias, vinos, comentarios personales sobre el bien y el mal de algunos aspectos de la gastronomía que me preocupan. Siempre desde un óptica muy mía. Sin pelos en la lengua.


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  • 10
    Julio
    2011

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    Montalbán, Carvalho y el Raval de BCN

     

     

     

    No sé muy bien porqué pero Carlos, mi hermano más cinematográfico, estaba en BCN ese fin de semana. Estaba en los últimos días de mi estancia en el restaurante  El Dorado Petit  con Jean Luc Figueres, hoy jefe de cocina en el 5 estrellas que Mandarin ha abierto junto a las ramblas más hermosas del mundo donde poco a poco van quedando cada vez menos hombres estatua.

     Después de tres meses, muchas mañanas en la Boquería y muchas novelas de Montalbán por el suelo de mi cuarto, veía que mi ciclo barcelonés tocaba a su fin con mucho dolor por mi parte. Seguramente Carlos habría venido a despedirme. Volvía a mi estancia veneciana para seguir recorriendo locales a los que me enviaba mi maestro, y nos despedimos en un fin de semana más negro y gastronómico, que policíaco.

    Recuerdo la comida en Ca Isidre y su raya en mantequilla negra. Lugar de peregrinación de Montalbán, de Carvalho, y de nosotros dos, obedientes acólitos de la literatura y de la incipiente educación gastronómica que quería perseguir. Recuerdo la comida en aquél otro hermosísimo lugar llamado La Odisea, donde el Brie rebozado con mermelada de tomate fueron el revuelo de una Barcelona abierta a los sueños, y los bigotes espectaculares de Antonio Ferrer, un visionario que como todos los visionarios cerró a los pocos años su local y abrió un acogedor hotelito en el profundo Ampurdán . Recuerdo las botellas de Priorato. Los taxis nocturnos de recorridos cimbreantes, en safaris prohibidos para ver los cuerpos de aquellas muchachas universales que se ofrecían por ciertas calles de la ciudad. Los paseos hasta La ^Paloma, para ver si podíamos bailar con alguna “charnega” a la que dedicar una canción  y morirnos un rato en sus ojos, en sus labios o en sus caderas exiliadas. Éramos tan jóvenes que bebíamos Gimlets en el Gimlet, y aquél barman de Alcantarilla creaba, ante cada nueva petición, un cocktail que anotaba en una ficha e ilustraba con nuestro nombre, o el de homenajeada, y  que esperábamos perdurase dentro de la historia de la reciente coctelería española.

    No sé quien me era más cercano, si Montalbán por las páginas que me regalaba en sus aventuras que le habían llevado hasta La Mariquita de Totana  y la gallina en pepitota que la hizo celebre, o Carvalho por las veces que cocinaba con él y su ayudante Biscuter, y miraba el mundo desde sus ojos descreídos y su lucidez política de una España de transiciones y asentamientos políticos.

    Pero los dos coincidían en esa BCN pre 92, donde los viejos bares de la zona portuaria no eran aún de diseño, donde las putas tenían un color azul e infinito como de noche mal iluminada por los neones de luz fría de las calles gloriosas del vicio catalán y popular, y el tiempo se detenía en esas bodegas del Raval donde la mugre y la perdida de raíces parecía más una evidencia que un símbolo del nacionalismo que con fuerza aparecería en los años posteriores.

    En el mercado dominical de San Antonio trataba de buscar hallazgos que ampliaran mi biblioteca culinaria, ya fueran revistas o libros descatalogados, que los catalogados, los que encontraba en la Librerie Francaise del paseo de Gracia, de la seire de bolsillo/poche los compraba  yo o el bueno de José María Torres, que bastantes viajes hizo en los años posteriores al epicentro de la cultura francesa en Barcelona.

    A Carlos, mientras el tren comenzaba a alejarse, le había dejado en la mano un pesado tiburón de bronce, pequeño, pero con voracidad suficiente para que nunca olvidáramos esas horas que fuimos felices pensando que la vida podía ser un baile entre centenares de hermosas africanas, la explosión de una botella cava a media tarde, o la mirada de un detective privado enamorado de una prostituta de alto nivel.

     

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