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Blog De Grastronomía - Antonio Jesús  Gras

Antonio Jesús Gras

Cocinero y profesor de cocina. Antiguo pirata, con deseos de encontrar tiempo suficiente para poder escribir y leer todo lo que quisiera. Veneciano de adopción. Canario de orígen. Sueña con retirarse en la isla de El Hierro.

Sobre este blog de Mallorca

Noticias, recetas, libros, acontecimientos, catas varias, vinos, comentarios personales sobre el bien y el mal de algunos aspectos de la gastronomía que me preocupan. Siempre desde un óptica muy mía. Sin pelos en la lengua.


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  • 20
    Marzo
    2011

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    DIA DEL PADRE

     

     

     

     

    Aquí, en esta casa que escucha a Astor Piazzolla sin prisas mientras come una pasta con sabor de mediterráneo y aromas de bajo bosque sobre el tomate muy confitado, la sobremesa peculiar de hoy me ha dejado con un regusto tan agradable que me sabe a poco el Chardonnay de Miquel Gelabert, y es que las botellas de 0,75 deberían de ser más profundas, si cabe.

    Si algo hay que celebrar lo haremos cuando baje el sol y Martita haya vuelto de darle los besos correspondientes a Don Miguel. Hace tiempo que padre y dos fieras corrupias, como diría mi santa madre, no comparten mesa en intimidad, es decir, sin nadie que pueda curiosear.

    Las ciudades de las que hablamos. El futuro del que hablamos. El presente que vivimos.

    Sé muy bien que a mis hijos, o quisiera saberlo, habrá que visitarlos a lo largo del mundo, o con esa expresión francesa que desde pequeño me ha fascinado: “en train du monde”.

    Les he hecho de comer en la lentitud de la urgencia. Y lo hermoso, o lo que a las madres/padres nos sobra, es  ese “está bueno” al inicio, luego pueden caer hasta chuzos de punto.

    Pero hoy todo es lento, soleado. Agradable. Y mientras las maderas bien ensambladas del blanco mediterráneo piden alguna harina tostada, nosotros, los tres comensales, dejamos caer palabras que a mi me suenan tan placenteras como los pianos y las cumbias de Bebo, again,  y sus músicos. Los discos se continúan, la comida se hace ingrávida y mi pensamiento duda entre el deseo de revisitar Tenerife o Madrid. Cada uno de mis cachorros sabe cual es el puerto de salida.

    Luego haremos que el día se alargue de esa manera peculiar en que cada uno huye a su mundo para reencontrarnos, y de tres ser cuatro.

    Aunque habíamos planeado cenar en un lugar, incluso habíamos reservado, las desagradables maneras de la telefonista nos hacen reflexionar y dejar en el aire la visita a tan rancia institución. Escarbamos en lo cercano y acabamos sentados los cuatro junto a un pica pica largo, un Chardonnay de Torres y palabras que nos van llenando el tiempo de risas, maledicencias livianas y un no querer salir nuevamente al mundo.

    Hemos llegado los primeros, y tratamos de salir los últimos. Nos ayuda el Moscatel de Enrique Mendoza.

    Apenas tiene importancia una gastronomía que no está, hoy, cuidada. Pasamos sobre ella como por una playa vacía, nuestras huellas son los huecos que hemos dejado en los platos. La bistromanía esta noche no es tan placentera como creíamos que podría ser. Pero importa poco. Muy poco. Hoy importa mucho todo lo demás. Los ojos vivos, las manos abiertas, los rostros iluminados.

    Hemos hecho un catálogo de nuestras salidas, y otras geografías han aparecido sobre la mesa. Otros locales, otras risas.

    La felicidad tiene esta altura, del borde de la barra al suelo del pasado. Es momentánea y como un saltamontes se agarra a las lanas del tiempo.

    Mis hijos me han acompañado como hacía tiempo no lo hacían, y me siento tremendamente relajado. Marta camina a mi vera. El día ya es el mañana.

    Me acuerdo de mi padre. Miro a mis hijos.

     

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