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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 18
    Enero
    2014

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    Una historia de amor

    No aspiro a contar novedad alguna porque hablar de amor, después de tantos milenios albergándolo nuestra especie en sus múltiples variantes, trae aromas de plagio. Sin embargo, me apetece relatarles, siquiera brevemente, uno que se prestaba a ser contemplado en cada visita médica y me dejaba, las siete u ocho veces en que se apareció en toda su dramática grandeza, una apesadumbrada sensación de impotencia.


    Saben, al igual que yo, del abanico amoroso: del inicio abrupto o solapado, su carácter irrenunciable… O de esos otros que es preciso regar para que no se agosten. El que me ocupa tenía raíz genética, era inmune a la ausencia y prevalecería por sobre el aciago destino que acechaba a los protagonistas, porque la derrota y el sufrimiento formaban parte de su esencia. Se trataba, en síntesis, de una mujer joven de raza negra (nigeriana, por más señas) que logró llegar —ilegalmente— a la tierra de promisión para ganar un dinero que enviaba puntualmente allá, a su anciana madre, para que ésta costeara el tratamiento del nieto, hijo de la inmigrante y enfermo grave.

    Supuse que era una leucemia o dolencia hematológica parecida, aunque ella no hiciera precisiones sobre su naturaleza y tal vez mi ignorancia hizo que la equiparase a la que sufrió el hijo de Umbral y que describía en su novela Mortal y rosa, de reciente lectura por entonces.

    El caso es que, a los pocos meses de haber encontrado un trabajo tan precario como sus condiciones de vida, con comidas a salto de mata y una habitación compartida por todo refugio, la chica, treinta años escasos, notó un bulto en uno de sus pechos. Era un cáncer que le fue extirpado y, al poco, comenzamos el tratamiento con quimioterapia. Fue entonces, a lo largo de aquellos encuentros trisemanales para su control, cuando conocí más de su angustia, agravada por una soledad sólo llevadera por aquel amor que no hubo de buscar por calles y plazas, como se dice en el Cantar de los cantares. Su hijo de cinco años vivía con ella, en ella, y no había cansancio ni dolor que le impidieran seguir fregando escaleras para, con la regularidad de un metrónomo, ganar un día tras otro, hora tras hora, lo que enviaría a su madre.


    Su tumor auguraba desde el principio (en esa raza son frecuentes los tumores de gran agresividad) una rápida evolución y aparición de metástasis. Entretanto, y durante los meses en que la traté con intención curativa, supe de su soltería. Era impensable que su madre, viuda, sin recursos y con más de ochenta años, se planteara la posibilidad de emprender viaje con un niño del que no pudo mostrarme siquiera la foto que no tenía. Por lo que respecta a la calidad del tratamiento que Sunday (así se llamaba) recibía en su país, parecía subordinarlo en exclusiva a la cantidad de dinero que ella pudiese mandar y, enfrentado a su mirada, nunca me atreví a poner en duda la bondad del sistema sanitario en aquel lejano pueblo de Nigeria. La avidez por la salud del hijo relegó siempre a segundo plano la suya propia; vivía para él y aún hoy, pasados muchos años, creo que sólo una madre podría sobrellevar el rápido deterioro como un molesto obstáculo que ensombrecía la curación de aquel niño con quien no podía comunicarse ni sabía si volvería a ver. Nunca se quejó; el único padecimiento que traslucía era el que la atenazaba por no poder evitárselo a él, y si nuestros encuentros no se prolongaban —yo procuré en alguna ocasión que me aportase más datos al objeto de intentar quién sabe qué—, era a causa de su premura por volver a las escaleras.


    La ansiedad por la suerte de Sunday no precisaba de corporeidad y convertía cualquier otra consideración en cuestión menor. Sólo cuando le sugerí que tal vez pudiésemos intentar alguna colaboración de ONG, pareció perder el miedo a ser extraditada y prometió pensarlo. Supongo que quería consultar a algunos en su misma situación de desamparo legal y los riesgos que mi propuesta podría comportar. Entretanto, y en cuestión de pocos meses, su cáncer se diseminó, lo cual no impidió que, con el hígado destrozado, rechazara el ingreso hospitalario por seguir fregando; con su hijo al lado y sonriéndole, como me decía. Sonriéndole incluso en la oscuridad de las noches y mientras vomitaba sobre el jergón que tenía por cama.

    Y así hasta que faltó a la cita programada. No volví a verla y en su estado, con una supervivencia cifrada en pocos meses, supongo que fallecería en la ignota habitación. O tal vez al pie de cualquier escalera. Pregunté sin éxito y nadie supo darme razón, de modo que ignoro cómo fue su final y la suerte de Sunday: su razón de vivir y seguramente también de morir como probablemente hizo, en un aislamiento que el niño aliviaba con la sonrisa, aunque siempre imaginé que, para aquella madre, pensar en él sería, como escribió un poeta, tener el agua cerca y no poder beber. Sin embargo, fallecer antes que él, si fue lo que ocurrió, le evitó morir de pena.
    En algún que otro insomnio, todavía se me aparece. Y a veces junto a Sunday. Cogidos de la mano.

     

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