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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 13
    Octubre
    2013

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    Tragedia en Lampedusa. ¿vergüenza para quién?

    Medio millar de inmigrantes —o emigrantes, depende de la perspectiva— oriundos de Somalia y Eritrea, incendiaron la barcaza a 500 metros de la isla. De la imprudencia se siguió una tragedia con más de dos tercios muertos o desaparecidos, resumida por el Papa con esa frase que, como si de un novedoso hallazgo se tratara, ha dado la vuelta al mundo: “Una vergüenza”.


    Desgracia que mueve a la compasión, sí. Y a la reflexión también. Y a la tristeza. Drama que es consecuencia de abrumadoras desigualdades y una gota más del aguacero que día tras día arrastra las vidas de tantos desposeídos. Pero cuando se habla de vergüenza convendría señalar con el dedo y adscribirla a los responsables. Con nombres y apellidos, que los tienen. Porque creo interpretar el sentir de muchos al afirmar que estamos hasta la coronilla de pasar por autores, por acción u omisión, de cuanto contubernio termina en fiasco o muestra sus sucias entretelas. De cuanto desastre nos asola. Si se trata de la crisis, es que vivíamos alegremente y por encima de nuestros posibles; cuando la corrupción pringa cuanto halla a su paso, sucede que no supimos elegir, o que nos hemos dilapidado, por pereza o conveniencia, mirando hacia otro lado… Y ya está bien. Que por el hecho de pertenecer a la humanidad —afirmaba Arendt— tengamos nuestra parte de responsabilidad en cuanta atrocidad ocurre o se comete, pues hasta cierto punto, y habrá que precisar de qué atropello estamos hablando y a quiénes acusamos en cada caso. Lo otro es muy fácil.


    En el caso que me ocupa, la vergüenza no es cosa de hoy. Los crónicos silencios del pasado, hasta ayer mismo, también producen sonrojo y no a todos por igual, de modo que no debiera meter el Papa al común de los mortales en un mismo saco. Sentenciar con matices sólo era cuestión de unos minutos y habría supuesto algo más que salvar el expediente. Porque veamos: ese flujo por escapar del hambre, la guerra y la extorsión, parte de una situación que se arrastra desde hace siglos. Que la renta per cápita entre Suiza y Mozambique guarde una relación de 400 a 1, o que la renta europea global multiplique por 25 ó 30 a la africana, explica que dupliquemos aquí su esperanza de vida. Por eso vienen. Desde hace muchos años. Por eso mueren: en el trayecto a Lampedusa (8.000 en 20 años, se ha publicado) o ahogados en el Estrecho de Gibraltar (4.000 en 6 años, de 1996 a 2002). La vergüenza tiene pues tanta historia, que parece hipocresía esperar al tres de octubre para llevarse públicamente las manos a la cabeza.


    Sucede que, la globalización, únicamente de lo que conviene. De mercancías, pero no de migraciones. Por salvar la cara, los distintos Estados reclaman medidas a la Unión Europea, Europa descarga la responsabilidad en los países miembros y, unos y otros, dedican muchos millones a la vigilancia de fronteras cuando quizá invertidos, siquiera parcialmente, en los países de origen, conseguirían mejorar las condiciones de vida y, en consecuencia, el efecto disuasorio que se busca. Sin embargo, Senegal o Mauritania recibían hace 5 ó 6 años unos 50.000 millones de euros en concepto de ayuda al desarrollo que sólo han servido, a lo que se ve, para enriquecer a las élites de allá, poniéndose de manifiesto una vez más que en todos lados cuecen habas, y no las comen todos ni aquí ni en África, sino algunos, repito, con nombre y apellidos.


    Por otra parte, el equilibrio entre acogida y disuasión se ve también comprometido a causa de la xenofobia, presunciones con dudoso fundamento y planteamientos públicos que no se corresponden con los ulteriores comportamientos. Esa “ley Bossi-Fini”, promovida en Italia por la Liga Norte y que penaliza incluso a quienes ayuden a inmigrantes ilegales en peligro de muerte, sigue en vigor y tiene también entre nosotros su correlato ideológico. Algunos, con cargo político, argumentaron en su día que el descontrol fronterizo importaba una delincuencia masiva (PP en boca de José Mª Rodríguez, en 2006). Y convendrá recordar, a propósito de esa solidaridad que es muchas veces mera retórica para la galería, que el propio Vaticano no suscribió en su día, como Estado miembro de la ONU, los pactos sobre derechos humanos que fueron aprobados en 1966.

    La peor contaminación es el hambre, afirmó Indira Gandhi. Y a ella contribuyen, por intereses más o menos confesables, Gobiernos varios, mafias y empresas multinacionales. Ahí se afincan las vergüenzas. O en quienes habitan palacios y viven del momio sin dar palo al agua, al tiempo que predican la hermandad entre los hombres. Denuncie Bergoglio a todos ellos, incluyendo algunos de sus correligionarios, y excluya a quienes trabajan para llegar a fin de mes. Porque la vergüenza, y no es cosa de hoy, estriba en hablar de una manera mientras se actúa de otra. Ya lo dijo Séneca en De la vida bienaventurada: esa vida que se niega a tantos mientras se intenta disimular, llegado el caso, con buenas palabras o golpes de pecho.

     

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