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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 07
    Septiembre
    2013

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    ¿Se borrarán los sentimientos?

    Imaginaba yo, ¡ay, infelice!, que en los primeros compases del siglo y puesto a ser optimista, tendríamos el cambio climático bajo control, nuestra entrecomillada democracia con menos trampas y, tal vez, el derecho de las mujeres a decidir sobre su embarazo, definitivamente consolidado. Pero mi sorpresa fue mayúscula al leer, hace pocas semanas, un artículo de Enrique Lynch donde sugiere que lo que nos espera no es nada de eso sino ni más ni menos que la desaparición de los sentimientos y, en su criterio, ello supondrá una liberación de las servidumbres que entrañan las pasiones.

    Tras darle vueltas, he concluido que no me lo creo. Por más neurociencia o coach que nos apliquen, no puedo asumir que suceda y tampoco lo querría, aunque me centraré de entrada en un escepticismo con base, en alguna medida, racional. Para empezar, no me parece que sentimientos e inteligencia estén reñidos, y ya decía Unamuno que es recomendable “pensar el sentimiento y sentir el pensamiento”, lo cual, en estos tiempos que corren, tampoco ofrece mayor dificultad y se viene solo. Basta con pensar y listar las mangancias —refrendadas por un tribunal, para que no pueda argüirse que son los apriorismos quienes mandan— para que nos domine el cabreo, hastiado por reiterado, que se adscribe al capítulo de las emociones, ya que el asco es emoción, como afirmó Matías Vallés en una reflexión dominical que comparto. Y la inversa es igualmente posible, pasando en un plis del pálpito a la constatación. Adviertan, a modo de ejemplo y por citar algunos de la lista, que los señores Arenas o Trillo nos tenían a muchos con la mosca tras la oreja (la sospecha y consiguiente repugnancia son también sentimientos) y, según parece, no andábamos desencaminados si algún sobre de Bárcenas acabó en sus bolsillos, como el extesorero asegura. En este caso, pensamiento y sentimento amalgamados, siquiera por hacer caso a Unamuno.


    Sopesada la hipótesis de Lynch sobre el entierro de las emociones en ese futuro que vivirán nuestros biznietos, mucho tendrían que cambiar las cosas para que llegase a admitir aunque fuese la mera posibilidad. No alcanzo a vislumbrar una sociedad donde la ambición —la avidez, si prefieren, y un sentimiento, aunque la estrategia para conseguir la meta requiera de cuatro neuronas— haya dejado paso al análisis sin segundas intenciones. De seguir siendo cierta, como hasta hoy, la regla que afirma que el vivo vive del bobo y el bobo de su trabajo, háganse una idea de la autoestima del primero y el desánimo del otro; emociones ambas, aunque el segundo bobo quiera a veces compensarse a costa del perfeccionismo (cuestión de amor propio, otro sentimiento) y, si fracasa, sumándose a cualquier manifestación por aquello de intentar cambiar las cosas y entonces será el deseo, temor a una porra desmandada —el miedo es la emoción más antigua de la humanidad— y a un tiempo la íntima convicción de que llegará molido a casa y todo seguirá igual. E igual ocurrirá a final del siglo, de no ocurrírsenos algo.
    Pero como decía al principio, no es únicamente que no me lo crea; es que haría cuanto fuese para que no suceda. ¿Dónde se irían la ternura, la amistad, la gratitud o el éxtasis? Y el amor, porque sospecho que por lo menos algunos de entre ustedes se estarán diciendo: ¿por qué no se dejará ya de divagaciones y recurrirá al ejemplo más palmario? Y tendrán razón; tanta, que lo reservaba para el colofón. Y como Lynch, el articulista que ha motivado estas líneas, citaba a Houellebecq, un autor francés, convendrá recordar que fue también él quien, en su novela Ampliación del campo de batalla, afirma que “el amor existe, puesto que sus efectos pueden ser observados”.
    Más allá de los sentimientos que reconcomen, sea el egoísmo, la envidia o el odio, es efectivamente el amor, a mi juicio, el que responde holgadamente, sea a través de la razón, por encima o bajo ella, al interrogante que titula esta columna, aunque podríamos hacernos otra pregunta que daría para un nuevo ensayo sobre la cuestión. ¿Y qué es el amor? Sin embargo, orillaré toda definición para quedar a la sombra de Lope de Vega y su “quien lo probó, lo sabe”.

    Desde ahí, la suposición de unos sentimientos que van a extinguirse junto a las postrimerías de la postmodernidad o cualquier otro post, es sólo un ejercicio de verbosidad que ha dado pie a éste. ¡Menuda monotonía les esperaría a nuestros descendientes! Tema distinto es apuntalar hasta donde se pueda la utopía de la felicidad y, para ello, quizá debiéramos renunciar definitivamente a algunos sentimientos: a la indignación y la autocompasión, leí no sé dónde. No nos lo ponen fácil, desde luego, pero torres más altas han caído. Los del PP, con todo y la legitimidad que les confiere su mayoría absoluta, como no se cansan de repetir, estarán estos días pensando lo mismo. En las torres y su derribo, quiero decir. Y ahora que caigo, es otra reflexión entreverada de razón y sentimientos. Porque les debe doler.

     

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