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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 01
    Julio
    2014

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    Sanidad universal, gratuita y sostenible

    Hace un par de meses, el presidente de la organización médica colegial, J.J. Rodríguez Sendín, proponía a este respecto algunas medidas que al poco tuvo que matizar por la contestación de que fue objeto. Sin embargo, creo que no andaba desencaminado. Si el objetivo es mantener nuestra sanidad entre las cinco mejores del mundo, como sucedía hace un lustro según fuentes internacionales de toda solvencia, es imprescindible incorporar correcciones y recortes otros que los actuales.

    Ello no pasa por disminuir el porcentaje del PIB destinado a ella; aún está por debajo de países como Francia o Alemania, y si ha aumentado en los últimos tiempos (8.5% en 2007; 9.3% en 2011, 9.6% en 2012), es como consecuencia de la caída del propio PIB. También tenemos menos enfermeras/os o camas hospitalarias con relación a la media de la OCDE, así que no se trata de congelar la inversión aunque, dados los crecientes costes (tecnología, nuevos fármacos, envejecimiento poblacional…), la sostenibilidad habrá de lograrse mediante la contención y/o disminución en algunos supuestos como apuntaba Rodríguez Sendín aunque, en una somera revisión, no parecen coincidir con algunos de los que se han establecido a partir del real decreto ley 16/2012.

    En el presente, la equidad está contra las cuerdas. La cobertura sanitaria ha dejado de ser universal por más que diga Ana Mato (“la sanidad es hoy más universal que nunca”), y la idoneidad de la atención, pese a la voluntad de los profesionales, deja mucho que desear. Respecto a lo primero, se atiende sólo a los asegurados (exclusión de inmigrantes ilegales, parados de larga duración que residan más de tres meses en el extranjero…), las listas de espera comprometen salud e incluso la vida de quienes no puedan costearse una atención privada y el copago, asumible cuando afecta a quien puede sufragarlo, se aplica en unos tramos francamente mejorables, incluye a pensionistas con ingresos de mera subsistencia y se alumbra en el horizonte un copago por visita médica que, en otros países, no ha disminuido la frecuentación y es un franco atentado a la equidad. Por lo demás, la opacidad en la gestión es patente y se vienen ocultando las demoras no sólo asistenciales (se ha publicado recientemente su número) sino para exámenes preventivos, al tiempo que se privatizan servicios —externalización, como lo llaman eufemísticamente— sin datos económicos que prueben la menor eficiencia del sector público. Y ahí tienen el ejemplo de EE UU para la reflexión.

    Las medidas adoptadas y otras que omito por cuestión de espacio, responden sin duda a un patrón ideológico en consonancia con las tesis del mercado preconizadas tiempo ha por Milton Friedman y que ya están marcando el devenir del Sistema Nacional de Salud en Inglaterra. Frente a ello, existen alternativas que precisarían de consenso político, así como asesoría experta y libre de servidumbres. A modo de sugerencias ya apuntadas en otros foros, aceptar el copago en determinadas circunstancias habría de simultanearse con una discriminación en todo caso positiva, sin perder de vista el binomio necesidad/oportunidad en un contexto económico que no da para todo. Debieran excluirse del copago las rentas bajas, pensionistas y desempleados; reforzar una Asistencia Primaria a la que se destina menos de un 10% del presupuesto, y garantizar el acceso a la misma durante las 24 horas y sin restricción alguna, lo que tal vez permitiese, en paralelo con un mayor esfuerzo de divulgación sanitaria, disminuir la presión que soportan los servicios de urgencias hospitalarios. En cuanto al copago por un mal uso del sistema, como apuntaba Rodríguez Sendín y cuando injustificado (citas a las que no se acude y que contribuyen a posponer las de otros enfermos), podría reemplazar con ventaja al copago hospitalario de los enfermos crónicos (con límite de 4.26 euros/mes).

    Con igual criterio de priorización y dado que la financiación de todo a todos se revelará imposible, puede entenderse como razonable que se excluya de cobertura pública el “turismo sanitario”, la reproducción asistida de familias alternativas (gays y lesbianas) o de mujeres fértiles, por no existir en estos casos patología alguna. En cambio, o a cambio si lo prefieren, e insistiendo de nuevo en lo limitado de los recursos frente a la carestía de una atención de calidad, es imperativo allegar más recursos para el diagnóstico precoz en la población general (se documentan muertes evitables de haberse detectado y tratado la enfermedad en fase inicial), los test genéticos para determinar el riesgo familiar de padecer patologías graves se están posponiendo de forma alarmante, y las infraestructuras asistenciales (quirófanos, servicios de rayos X, anatomía patológica…) podrían aumentar su rendimiento de disponer del personal necesario y que se escatima con criterios más que cuestionables. Se trata en suma de que la política sanitaria contemple equidad y universalidad como algo más que una cantilena para salir del paso. Quedan en el tintero, y no son cuestiones menores, una investigación bajo mínimos, fármacos a precios astronómicos… Quizá en otra ocasión.

     

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