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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 15
    Junio
    2013

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    Revisiones y certificados

    Entre nosotros, el papeleo sigue en auge y sostiene un aparato burocrático cuya productividad consiste en multiplicarse; una endogamia que no será coste-efectiva pero que genera empleo, el único en este país —o países, por sintonizar con Artur Mas— que goza de buena salud.
    Así, agotados ya los recursos al documento por triplicado, la fotocopia compulsada o el registro del papelito en otro edificio y yo qué quiere que le diga, queda el filón, explotado hasta la saciedad, de las revisiones varias para los más variopintos certificados, lo cual, a más de seguir engordando esos millones de dosieres que a saber tú quién los consultará o para qué serviría caso de hacerlo, propician la eclosión (y ríase usted de la explosión de medusas con los primeros calores) de un sinnúmero de gabinetes dedicados a tal fin: negocietes de bajo costo y clientela asegurada para una pantomima que ni Marcel Marceau, vamos. El mejor representante de la misma.

    Revisiones para todos los gustos y acreditando cuanto pueda brotar de la imaginación más febril. Algunos con cierta justificación si se examinaran determinados rasgos psicológicos o características físicas del solicitante, lo cual, por descontado, no suele ocurrir porque dispararía los gastos de tanta oficina de tres al cuarto. Otras veces, un mero trámite sin disimulo ni maquillaje para el cobro de su importe. Certificados para la práctica del buceo o el baloncesto, donde el estado cardiovascular y la capacidad respiratoria son meras apreciaciones; las que podría hacer cualquier lector. En el caso del basket, supongo que el quid estriba en no exhibir una cojera evidente, toda vez que la tecnología en dichos centros suele brillar por su ausencia y, de existir —pura quimera—, habría que conocer cuál es la destreza del oftalmólogo para evaluar una prueba de esfuerzo. ¿Quién acredita al acreditador? Pues dista de estar claro y, en línea con todo lo anterior, yo propondría otros cuantos gabinetes para este menester, con lo que se lograría un remedo actualizado de la multiplicación de los panes y los peces.
    Certificados para eventuales padres adoptivos, para ejercer de taxista o socorrista, ser dueño de un perro potencialmente agresivo o de nivel C de catalán para instructores de sordo ciegos (ha ocurrido); para optar a una plaza de policía local, acceder a la universidad o manejar una grúa, para el permiso de armas o conducir una embarcación… ¿Alguien medianamente informado puede asegurar que los susodichos negocios disponen de la preparación y medios que les permitan evaluar un vértigo debido a la altura, las aptitudes maternales, las pulsiones incontrolables o la serenidad exigible para esas actividades? Pero se trata de curarse en salud aunque, para cubrir el expediente, bastaría con una declaración jurada del interesado sobre los extremos requeridos, tan creíble, si no más, que el certificado en cuestión. Y más barata.
    Sin embargo, y si por huir del cinismo me diera por hacer eficaz lo que en mi criterio no pasa de comedia bufa, propondría en primer lugar que los centros de acreditación certifiquen a su vez que disponen de los oportunos recursos y una plantilla de revisores capaces de algo más que evaluar idoneidades a ojo de buen cubero; algo más que suscribirlas con base en el depresor lingual y una lamparita para mejor visualizar las amígdalas. En estas condiciones, extender las revisiones y los certificados a otras actividades y personajes podría dotar a nuestra sociedad de ese plus de credibilidad que a día de hoy le está faltando.
    Certificados de competencia y adecuada estructura mental a los políticos, ¿se imaginan? Revisiones de cociente intelectual y de sentido común, acreditación sobre capacidad de reflexión o toma de decisiones complejas, sobre la preparación de Wert, el altruismo y vocación de servicio público del señor Bauzá, equilibrio del cura de turno para evitar el acoso sexual, dar consejos en el confesionario o imponer penitencias… Cuestiones todas que sí justificarían el desembolso e incluso el establecimiento de un nuevo impuesto como se estila ahora, pero, y a diferencia de los actuales o por venir, con propósito finalista y de resultados evaluables por la mera percepción de la ciudadanía. Certificado de inmune a la corruptela, o de futuro en el propio país para el demandante, evitando así preocuparse —sólo por un decir— por quien está pensando marcharse a Londres en busca de mejor acomodo. Certificados de presente sobrellevado con dignidad, de resignación o cabreo crónicos, de bienpensante o avieso…

    Los anteriores, y cualquier otro que pudiera ocurrírseles —también certificado de ocurrencias operativas— podrían expedirse desde ya, en cualquier despacho habilitado al efecto —es decir, provisto de un simple rótulo en la puerta— y, si me apuran, manejado de principio a fin por el propio secretario/a en tanto no se demuestre su rentabilidad. Después, a proliferar. Para aumentar ingresos y papeles en circulación. Como hasta aquí pero con más trasiego que es, según entiendo, la principal cuestión. Lo que se persigue.

     

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