Blog 
Contar es vivir
RSS - Blog de Gustavo Catalán

Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


Archivo

  • 14
    Abril
    2013

    Comenta

    Comparte

    Twitea

    ¡Quiero salir de mí!

    En los últimos años, asistimos a un aumento exponencial, casi explosivo, en el uso de redes de comunicación virtual. Se intercambia cualquier cosa entre desconocidos; banalidades las más, o confidencias, y el éxito se mide por el número de participantes: de curiosos.


    Nada que ver con los amigos, aunque puedan estar ahí. Los amigos son el grupo —siempre reducido y claramente diferenciado de los simples conocidos— a quien confiar alegrías y zozobras. Tampoco, los adictos al despelote informatizado, pueden homologarse a esos impúdicos que, en los programas-basura, muestran sus entresijos por un plato de lentejas. La fauna en pos de la vanagloria se conoce desde antiguo: esa caterva que vendería su alma al diablo por una portada; la que retuerce su vida, o la del vecino si se tercia, no sólo por las perras sino atraída por el irresistible señuelo de la popularidad, aunque para ello deban poner a su madre a caer de un burro o reconocer, como oí un día, que su mujer seguía con él por la pasta. Lo decía sonriente y no dudé de su sinceridad, visto lo visto.
    Pero hoy me refiero a una plataformas —Twitter, Facebook…— cuya aceptación masiva tiene compleja explicación. Porque no existe contrapartida económica y, para satisfacer la egolatría, hay mejores trampolines. Una interacción inmediata entre una miríada de individuos, la mayoría sin perfil conocido o tal vez con disfraz, para mensajes sincopados y de difusión antaño inimaginable; sin filtros para la vulgaridad o la inanidad, y mezcladas las llamadas de auxilio con las carcajadas. “¿Quieres ser mi amigo?”, te preguntan desde una lejanía sin rostro. “Aquí tenéis la foto de mi abuela”, “Me acabo de duchar”, y cualquiera podría preguntarse si acaso la intimidad habrá dejado de ser un valor al uso; si el tête a tête está en retroceso frente al espejismo, o aquella buenaventura que apuntaba el poeta: “¡Qué feliz, perdido entre el paisaje!”, ha pasado a mejor vida con la posmodernidad.

    Se diría que la discreción, la tranquilidad que procura vivir sin dar tres cuartos al pregonero, se bate en retirada, y hacerse visible para los demás —que no para alguien, o algunos— se ha convertido para cientos de millones en justificación de la propia existencia que, sin vocinglería para la distracción o la anestesia, podría hacerse insufrible corsé. Conseguir ser percibido, siquiera en modo virtual, sería la principal apuesta por encima de otras consideraciones, aunque en contrapartida haya que dedicar parte de un tiempo precioso (¿es valorado así?) a convertirse en miembro de un coro global y globalizado. Cada uno está solo, y es ésa soledad la que tal vez nuestros jóvenes, u otros que no lo son tanto, procuran disipar a través de las redes que mencionaba. Si ello fuera así, ¿cuáles podrían ser los motivos?
    Parece que tener el bienestar al alcance de la mano y como nunca antes (con independencia de la actual coyuntura, ya que el fenómeno es anterior), no lleve aparejado el goce en uno mismo; tal vez la precariedad tan propia de nuestro tiempo, y las reticencias a una comunicación abierta que pueda entregarte inerme al otro, esté en la base de esta nueva forma de relación impersonal, tan cauta como mediatizada por la distancia. Quizá hayamos perdido la avidez por comprendernos, la que recomendaban los clásicos, o hayamos concluido que no vale la pena, y la quevediana y angustiosa llamada: “¡Ah de la vida! ¿Nadie me responde?”, no halle, a día de hoy, otros ecos que los del mismo grito proferido por millones de coetáneos.


    Que te conozcan, aunque sea por el apodo, con las máscaras que se te ocurran y más falso que un duro sevillano, puede ser el único plus de existencia que nos sea dado conseguir mientras huimos de la introspección y lo que ésta pudiera descubrirnos. No creo que sea por “nostalgia de Dios”, como sugería Umberto Eco en una entrevista; o por contar para alguien, sea quien sea, cuando ya la mayoría descreídos de él y todos en irremediable tránsito hacia la nada. En ocasiones podrá ser un sucedáneo de conversación, con los demás o con uno mismo y, en otras, mero entretenimiento sin mayor trascendencia. Sin embargo, a veces me pregunto si no será miedo a lo que pudiera descubrirse, de emplear el tiempo en mirarse por dentro, lo que nos lleva a esas redes sociales; a una virtualidad que nos distraiga, que nos evite percibir en alguna ocasión ese horror del que hablaba Kurtz, el personaje de El corazón de las tinieblas; el que lo atenazaba poco antes de morir.

    Sea como fuere, intuyo que esas redes tienen un mucho de vicario respecto al vis à vis y sus titubeos, gestos, miradas que dicen sin querer y, si lo prefieren, humo de cigarrillo cuando en el exterior. Nunca serán lo mismo ni de lejos, y es que, para la mayoría de aconteceres humanos —y las relaciones no son una excepción—, siempre es posible encontrar una falsificación. Una copia barata. Y acabo. Me voy a mi blog.

     

    Denunciar
    Compartir en Twitter
    Compartir en Facebook