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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 22
    Marzo
    2014

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    Primavera: también en las conciencias

    Ha llegado el momento, en sintonía con la primavera, de aliar nuestro espíritu con el de los astros y dejarnos entibiar por ellos. A la postre, permitirnos degustar el bienestar por sobre las contingencias de la cotidianidad supone, a más de alguna que otra condición objetiva, un acto de voluntad. Siquiera por poner el énfasis, contra viento y marea, en las facetas de la realidad, siempre poliédrica, menos hirientes. Y el tiempo atmosférico, desde ahora, nos va a acompañar.


    Cierto es que, en estos años, la depresión económica, sumada a una corrupción política extensiva y las infames alianzas con los poderes fácticos por parte de quienes debieran cuidar el bien común, no han hecho sino fomentar el pesimismo. A tal extremo ha llegado la situación, que ni siquiera los incipientes datos de mejora en estos meses pasados (aumento de la inversión extranjera, repunte inmobiliario, excelentes expectativas turísticas si las prospecciones “en busca de gas” no prosperasen…) consiguen levantar el ánimo a buena parte de la ciudadanía, así como tampoco moderar el cataclísmico discurso de unos sindicatos y partidos de la oposición que retroalimentan, con su cenizo talante —lo comentaba hace unos días en otro foro—, la postración colectiva. Se hace difícil, entre unas predicciones gubernamentales de precario asidero y los análisis que pretenden, más allá de una supuesta objetividad, el desgaste de los actuales gestores, separar el grano de la paja. Y como corolario, ahí están los resultados del barómetro Cofidis, donde Balears se sitúa como una de las comunidades con menos ilusión en el ranking del Estado.


    Y aumentarla, repito, nos convendría. Para ello, lo primero sería sacudirse de encima una de las características que al parecer definen la posmodernidad: la creencia en la imposibilidad de un cambio a mejor. Supongo que, a estas alturas, hablar de paraísos no pasa de entelequia aunque, en todo caso, no mayor que seguir con la proustiana convicción de que los únicos que pueden tildarse de tales son los perdidos. Estoy convencido de que ni siquiera se perdió el primigenio, el de Adán y Eva, así que a por todas. Y que pintan bastos y dolores —incluida la Cospedal— no hace falta señalarlo. Pero sólo lo difícil vale la pena y acudirán en nuestra ayuda estos días que se alargan merced a un sol que, lo escribió el poeta Guillén, devuelve la confianza en la vida. Después, seremos presas del calor asfixiante, de ese tiempo colérico que caracteriza al verano pero, en tanto no nos abrume, disfrutemos de la convalecencia tras estas inclemencias que nos han venido helando desde Zapatero hacia acá. Y no hay mayor placer que el de la convalecencia cuando se perciben aunque sólo sean atisbos de mejora y uno echa la vista atrás: a esos años en que la enfermedad se antojaba incurable para muchos expertos, nos mantenía la tiritona más allá de discursos, de paños calientes y ni siquiera nos era dado imaginar una buena muerte.


    Cambiar resignación por esperanza parece empresa más fácil cuando la aurora se anticipa y la oscuridad se bate en retirada, ¿verdad? Solaz y goce piden paso en primavera, y los aguijonazos de la actualidad, por más que escuezan, pasan, cuando la luz se prolonga, de sempiternos a coyunturales. Algo parecido a lo que les ocurre a los murciélagos: prefieren la noche que, desde ya, se irá acortando y, con ella, los peores augurios; verdades cambiantes y transitorias al igual que sucede con las estaciones. Si el mundo sólo existe porque nos concierne, ¿por qué no adueñarnos de su imagen para dulcificarla? No será en cualquier caso una ilusión con menos fundamento que muchas de esas supuestas seguridades de perdición con que nos han zaherido durante el interminable invierno.

    Empeñarse en suavizar el futuro es opción tan legítima como su contraria; aportará valor añadido a nuestras conciencias y, por añadidura, el termómetro y los días más largos se convertirán en compañeros leales por encima de un IBI, un IVA o el resto de modificaciones impositivas con que algunas gentes de la hierba mala arrojan ominosas sombras sobre los meses por venir. Nuestro pecado, aseguraba Nietzsche, es alegrarnos demasiado poco. Pero hemos llegado hasta aquí, algunos a trancas y barrancas, para ver de ganarle el pulso a la tristeza.

    Sólo hay una existencia, y todos y cada uno de nosotros la quisiera mejor, así que dejemos que la primavera nos penetre el alma, ensanche la perspectiva y su calidez alumbre las sonrisas.


    Cualquier otro entorno que podamos imaginar, habrá de enraizarse en el que nos alberga pero, en los próximos meses, el mundo hostil cederá en su rigor, por obra de la primavera, para el respiro recobrado de cuerpo y espíritu. Por lo demás, habrá floración para todos, verdes renacidos para el consuelo, colores… Y el haiku de Miguel d’Ors, leído hace poco, ejemplifica una equidad sin distingos. Como ha de ser, porque “para el aroma /nocturno del jazmín / no hay alambradas”.

     

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