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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 11
    Enero
    2014

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    Por sus obras los conoceréis

    En algunas rotondas, los adornos escultóricos ponen los pelos de punta. Y ahí están el Palma Arena sin contenido que lo justifique, un Palacio de Congresos donde no debiera o edificios y urbanizaciones metidas con calzador, al igual que esos yermos ajardinados y con toboganes que nadie frecuenta. Ahora se habla de ampliar el puerto de El Molinar… La pulsión constructora se ha debatido hasta la saciedad y, sin embargo, nos sigue persiguiendo como la propia sombra, al igual que sucede con los recuerdos de nuestros escenarios más queridos.


    Ciudades, pueblos y sus entornos, se someten a una estética sujeta a la coyuntura, aunque sepamos que la intervención sobre el territorio, sobre el medio rural o urbano, implica mucho más que un mero utilitarismo. Las novedades pueden sonreírnos o, por el contrario, asaltarnos malencaradas para dificultar el diálogo con cuanto nos rodea, y es que el ladrillo responde a una ideología en cuanto se decanta por una u otra forma de convivencia y organización social, definiendo el mundo que habitaremos en adelante. Durante los años pasados, y con las excepciones que quieran, los beneficios han sido un objetivo que ha relegado cualquier otra consideración. Así, las decisiones con base económica han inspirado edificaciones y demoliciones (la destrucción puede ser también un placer, que decía Bakunin) aunque, repito, la interacción con el medio implique y subraye otras muchas cosas. Es exponente de imaginación, de capacidad técnica, de talante estético y subraya una concepción ética y de compromiso con la sociedad o únicamente con el poder y los bolsillos de quienes deciden.

    No es preciso ser un profesional del tema, arquitecto o constructor, para intuir de su complejidad. A nadie se le escapa que los márgenes de decisión experta son estrechos en la obra de encargo. Por otra parte, los habrá que quieran imponer su peculiar subjetividad y dejar su impronta para la posteridad, al igual que puede ocurrirles a quienes financian con dinero público, persiguiendo edificios emblemáticos (grandilocuentes) en línea con el de la Chrysler, el Empire State o la ópera de Sydney. También aquí la quiso alguno, una ópera para Mallorca, y empezó con la maqueta pagada a precio de oro, ¿recuerdan?


    Por todo lo anterior, se hace patente que la argamasa tiene valor añadido al de los volúmenes o usos que procura; puede servir al ego, a la cuenta corriente, responder a una ocurrencia minoritaria o, por contra, sintonizar con la historia, con la cultura, promover sintonía, una mayor cohesión social y ser exponente de sensibilidad a partir de la ubicación elegida, del color, la forma o los materiales.


    Frente al poder del cemento, cabe preguntarse si habrá forma de encauzarlo a la medida del deseo mayoritario y para que se adecue al modo en que los pobladores quieren estar y vivir; en fondo y también, ¡faltaría más!, en formas. Aún recuerdo cómo era Portals Vells cuando llegué a Mallorca por vez primera, o aquel pueblo de mi niñez transformado hoy en un remedo. Pero no estoy por la tradición o un bucolismo que deban presidirnos en toda circunstancia; no apuesto por la uniformización, por la parálisis, pero entre la ataraxia y el desmadre ha de ser posible un camino para el desarrollo que no desemboque en la bofetada estética y en la hipoteca de la belleza. Es sin duda posible otra forma de intervención menos altiva unas veces, menos lesiva otras… Intervenciones amables y educadas con lo existente, sin estridencias para apuntalar egos o economías; obras que puedan latir al unísono con su entorno, expresivas si se quiere porque la arquitectura, siquiera en otros pagos, puede ser también arte, pero que en vez de sobresaltar ayuden a la reconciliación con el paisaje tras tantos años de desaforada rapiña.

    Crecer y cuidar a un tiempo el futuro, sin que éste haya de subordinarse indefectiblemente a los propósitos del político o el constructor de turno, no es soñar un imposible, aunque haga falta una buena dosis de optimismo tras echar una mirada en derredor. En cuanto a los arquitectos, colaboradores más o menos obligados y por ello con variables cuotas de responsabilidad en tantos desmanes que a no tardar volverán por sus fueros, debieran cuidar mejor sus complicidades a poco que puedan. No les vaya a pasar a algunos lo que a Faleg, el responsable de la Torre de Babel y condenado, según cuenta la leyenda, a errar sin rumbo por el mundo tras aquella obra de la confusión. Se ignora el motivo exacto de su triste destino, pero no me extrañaría que fuera la consecuencia de haberse prestado a dirigir lo que nunca debió comenzar, visto el resultado. Un exponente de lo que, a diferente escala pero no menor, viene sucediendo junto a nosotros; de lo que se proyecta.

     

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