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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 24
    Marzo
    2013

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    Por fin, la primavera

    El pasado miércoles, a las doce horas y dos minutos, entró la nueva estación. Se diría que estamos sujetos a programas sin cuento, desde los gubernamentales al cósmico. Para los primeros, hasta que el cuerpo aguante. Y está muy sobrecargado. En cuanto al otro y en contrapartida, vamos a dar incluso por bueno que nos quiten una hora de sueño, cualquier día de estos, con tal de que se nos contagie un algo del calorcillo que se avecina.
    Porque para escalofríos, no han faltado razones en los últimos tiempos. Los más recientes, a propósito de los recortes en la financiación de los programas para trasplante de órganos. Y no por la cuantía, sino por esa renovada evidencia de que ni la equidad interterritorial, y tampoco la compasión, mediatizan unos designios que ojalá tuviesen de cíclico algo más que la recurrencia en el despropósito. En paralelo, aunque al otro extremo de un Mediterráneo que los europeos del norte tienen atravesado, en Chipre, el conato de expropiar parte de los ahorros depositados en el Banco; robo sin paliativos porque el chipriota de a pie es el último responsable de una deuda que, si es consecuencia en buena medida de ser ese país un paraíso fiscal y destino de dineros procedentes de turbios manejos, precisaría de medidas específicas que graven a los mafiosos. Y vaya papelón, por cierto, el de nuestro Gobierno, diciendo ahora diego donde dije (en Bruselas) digo. Aunque nos tengan acostumbrados.
     
    Se preguntarán por lo que tendrá que ver esto con la primavera. Pues miren: no sé si se tratará de algo más que un simple deseo pero, aunque el miércoles amaneció desapacible, leí, casi al tiempo del equinoccio, minuto más o menos, un graffiti de esos que a veces ensucian las paredes y en ocasiones las adornan. “Más sol y menos orfidal”, decía, y la escueta frase es hoy motivo de esta columna. Venimos de años oscuros y bastante hemos hecho con resistir y lamernos las heridas, sin atender a poco más que la supervivencia. Han pasado los días entre el pasmo y la indignación, con tanta prisa que, para muchos, ni siquiera un rato para respirar hondo y mirar en derredor, así que —y no consideren estas líneas como flecos de unos manuales de autoayuda que detesto—, ¿por qué no hacerlo ya? Hoy mismo. Ahora. Antes de que llegue ese verano que puede ser un ultraje para el bienestar, colérico y presuntuoso como lo definía el escritor Bufalino; antes de que vuelva el otoño y con él “entre la noche como un bulto / de mar vacío y de caverna”.
    La primavera es el primer verdor y, a poco que la propiciemos en el alma, podemos rebrotar con ella sin atender a nuestros agostados jerifaltes. Al fin y al cabo, nos lo merecemos. Tenemos de aliadas a la fisiología y también la poesía, ¿recuerdan? El sol devuelve siempre la confianza en la vida (Jorge Guillén). A nuestros propios ritmos biológicos, los circadianos, les sobrevuelan los de la naturaleza; se habla en este caso de ritmos circanuales y guardan cierta relación con los anteriores, de modo que el advenimiento de la primavera es también un cosquilleo en nuestro tronco cerebral. Sólo se trata de empeñarse en percibirlo. Y agrandarlo. Por encima de las falsas promesas; de las evasivas y la incompetencia. Vivir la primavera como una metáfora del futuro y, entretanto, como un paréntesis en el presente. Siquiera para relajarnos y darnos un respiro. Los brotes como promesas y, las hojas tiernas, solidarias con las vecinas; con los vecinos. Con el sol, menos orfidal porque la luz disipa la tristeza y, bajo la tibia lluvia y el canto de los pájaros, se facilita una resurrección. Sin importar cuánto dure, en la certidumbre de que todo, incluso los pesares, ha de tener final. 
    También la primavera, por supuesto, pero, entretanto, que nos quiten lo bailado si nos hemos forzado por salir a la pista de unos amaneceres que se anticipan. De unos anocheceres que se posponen. Y luego se verá. Porque el optimismo no baila en la oscuridad. Porque estamos vivos y, por tanto, en condiciones de florecer. Porque la luz, a diferencia de la noche, no homogeneiza sino que diferencia, marca excepciones y alumbra posibilidades Y porque sólo quien hincha el pecho y abre sus brazos, sólo quien se mueve, afirmaba Rosa Luxemburgo, advierte sus cadenas. Y va siendo hora de librarnos de ellas y acabar con este hibernaje inmerecido.
     
    Si la naturaleza es capaz, año tras año, de sacudirse el corsé, ¿acaso vamos a ser menos? Ella no dispone de asideros con los que latir al unísono, ni le pesa, como a nosotros, esta melancolía de invierno. Así que un punto y aparte para gozarnos con la primavera. Y para advertirla en los ojos de nuestros seres queridos. 
    Suena un algo cursilón, lo sé. Será cosa de la estación. Pero crecidos con ella y con nuevos ánimos, se hará más sonora la voz con que podamos cantarle las cuarenta incluso al lucero del alba. Aunque identificar Venus, el lucero, con la señora Cospedal o el presidente Bauzá, tenga su qué.

     

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