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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 12
    Abril
    2014

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    Para un último beso

    erder a un ser querido supone, como todos sabemos, un duro golpe, y la asunción hasta sobreponerse con ayuda del tiempo, el duelo, no evitará esa nostalgia agazapada, incluso muchos años después, en cualquier incontrolado rincón de la memoria. Allí donde toques la memoria duele, escribió el griego Seferis, y es evidencia que nuestros muertos subrayan.


    Sin embargo, la ensoñadora tristeza que despierta la evocación y suaviza la distancia, tiene nada que ver con lo que debe padecer quien desconoce el paradero del difunto y no pudo asistir al último aliento de despedida. El no saber cómo sucedió y dónde está el cadáver es, para el sobreviviente, un suplicio añadido, y la amargura no tendrá otro paliativo que el que proporcionaría un reencuentro aunque sólo fuera con sus huesos. La desaparición de ese avión de Malasia el día 8 de marzo, con 239 personas a bordo y sin que a fecha de hoy exista hipótesis unívoca sobre el misterio (la pista más reciente, restos flotando en el Índico que finalmente han dicho que no pertenecían al avión), no hace sino aumentar la zozobra de unos familiares a quienes no basta con aceptar que, con toda probabilidad, los pasajeros han fallecido. He visto sus gestos, a caballo entre la ira y la frustración, y unas lágrimas que no se derraman, transcurrido ya más de un mes, únicamente por la ignorancia de su suerte sino también por el cuándo, el cómo y el porqué. Y por esa última caricia frustrada.

    El inexplicable suceso me ha hecho reconsiderar el patetismo de otras pérdidas; padres, esposa/o, hijos o hermanos que, tal vez ya convencidos de la muerte del ser amado, han convertido sus vidas en una búsqueda sin descanso de la envoltura que lo albergó. Y no creo que haya en ello motivación religiosa en exclusiva —que quizá también, en algunos casos, por dar cristiana sepultura—, porque la incontrolable pulsión es extensiva a todos y con independencia del credo que profesen. Cuando el muerto no existe es un infierno, decía Juan Gelman, el recientemente fallecido poeta argentino, a propósito del secuestro y desaparición de hija y yerno durante la dictadura militar; la desaparición —seguía—, transforma el duelo en interminable… Y con esa perspectiva entiendo y acepto que la memoria del hombre esté en sus besos (Aleixandre dixit); unos besos que el ignoto paradero convierte en imposibles. Siquiera el postrero: el que no pudieron dar.


    Otros casos conocidos abonan la compasión y atestiguan ese infierno de que hablaba Gelman. ¿Cómo habrán de sentirse los padres de la joven argentina, Malén Ortiz, una adolescente desaparecida ahí cerca, en Calviá, hará cuatro meses? O los de la niña inglesa de cinco años, Madaleine McCann, desvanecida en Portugal hace siete años y que en su día fue noticia de portadas… Aunque para tortura, la que vienen padeciendo los familiares de Marta del Castillo, asesinada cinco años atrás por un sujeto, Miguel Carcaño, que el 27 del pasado marzo dio su octava versión del lugar donde arrojó el cuerpo que, una vez más, no ha sido encontrado. Si una cosa no hay es el olvido, pero a falta de cadáver y lugar, esa memoria que mencionaba al principio, la que duele, debe asaltar a todas horas, roer la imaginación y hacer, de las noches, oscuras vigilias de interminable espera.


    Hace escasas semanas se publicaba el largo desconsuelo de Bernabé Saez, un riojano fallecido a los 89 años y que, ya cumplidos los 88, consiguió recuperar de una fosa común los despojos de su hermano, asesinado a los 22, durante la Guerra Civil, y que pudo finalmente enterrar junto a su padre. “Mi dolor sólo se paliará cuando sepa el paradero de mis dos hermanos muertos”, había escrito tiempo atrás. Sin embargo, no pudo encontrar al segundo tras sus más de 75 años rastreando por doquier, lo cual lleva a preguntarse cuáles serán las razones que aconsejan disuadir o, en otros casos, obstaculizar —aludo al Gobierno y al acoso que ha sufrido el juez Garzón— la búsqueda por la que claman los deudos; los que aún viven para llorar a esos casi 150.000 asesinados por los franquistas desde el 36.

    No estaba en mi ánimo, al comenzar esta columna, tratar el tema de los represaliados y no obstante me ha parecido, al poco rato, ineludible. Tanto como traer a colación, a propósito de los descendientes de aquellos, los versos de Caballero Bonald: “…esa tristeza / de estar aquí acordándome de algo / que queda ya más lejos que el recuerdo”. Es sin duda lo que debe suceder a quienes se hurtó la posibilidad de ese último adiós que todos perseguimos.


    Y de nuevo la poesía, ahora de Pedro Salinas, para unos dramas que encogen el corazón. Y es que “…la forma posible de estar juntos / es una despedida larga, clara”. Un último beso, por volver al título. Por cerrar el expediente y transformar el duelo, por fin, en pesar llevadero hasta el fin de los días. Nadie se merece menos.

     

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